31/7/08

Canción (ni bien pueda grabarla, podrá escucharse`)

Buscando una salida a la eternidad,
un punto de partida a la nada,
encuentro melodías casi olvidadas.
Y pienso si algún día me animaré a cantarlas.

Salgo por mi ventana, salgo a caminar.
Buscando un laberinto para olvidarme.
Y cuando miro hacia atrás para ver, ya no hay nada.
Y sigo caminando, rumo a encontrar lo que amo.

(Estribillo)
Cuando voy a buscarme no estoy más: ya me fui.
Reflejos en el agua del que soy, quieren verme.

Eterna Gente Oculta

Espíritu inquieto: ¡necesito rock! Hace un año más o menos que se separó Ego. La mejor banda de la que fui parte. El proyecto de mi vida. Ego: su nombre, desde el génesis mismo, llevaba impreso su destino, la autoaniquilación. Lucha de cuerdas tensas, tensandose cada vez más hasta cortar respiraciones, partir almas, doblegar intenciones, desatar tormentas.
G.M. y yo nos conocemos desde los diez u once años. Nos conocimos en el Labardén, y a los doce soñábamos con armar una banda. Yo siempre fui medio barrilete, y recuerdo que los nombres que proponía para el proyecto eran rechazados, casi vomitados, por el tinte bizarro que yo les daba (a todas las cosas en realidad).
Siempre nos peleamos por algo con G.M. Siempre competimos porque sí, por ser nuestros temperamentos tan similares. Y encima yo, que soy un búfalo. Siempre discutiendo quién tenía la razón, quién tenía la opinión de más peso, quién sabía la forma correcta de hacer las cosas, quien la tenía más larga.
A los trece años dejamos de vernos. Yo no paraba de escuchar Queen y Aerosmith (era lo único que escuchaba, y escuhé los mismos discos durante casi dos años, todos los días, todo el día. Años más tarde escubrí que eso haría con cada cosa que escuchase. La obsesión es la amante tortuosa del músico, debe ser su forma, junto con el desapego.). Aerosmith: primer legado de G.M.
Yo repartía mis dias entre el Iva y la escuela y tocar: me levantaba a las ocho de la mañana, llegaba a la escuela a las nueve o nueve y media (nunca me quedé libre: me chupaba tanto un huevo, que siempre encontraba la forma de zafar de las medias faltas. Justo ahora recuerdo a una profesora de biología, la "Señora/Señorita" Azcárate... que, además de ser una Señora Muy Bien, creo que debía tener las orejas a la altura de los omóplatos de tantas estiradas que se había pegado: siempre imaginé que tenía una especie de tuerca en la nuca, que se ajustaba cada tanto, cuando la piel, o eso que hacía de, empezaba a cederle. La cuestión es que ésta mujer siempre hinchaba las pelotas, con ése tono de Maestra Ciruela Pasa, con lo de las llegadas tarde-para colmo la tenía siempre en las primeras horas-, que "qué mala costumbre la del horario, que qué haríamos -que qué haría yo, pero dicho con cobardía- cuando trabajemos, porque llegaríamos siempre tarde nos decía a todos cada vez que yo llegaba tarde, que "no era un club: era una escuela", siempre con ese dogma de escuela secundaria, de bachillerato público -púbico- que alista soldados para las oficinas del centro, para las dependencias también púbicas. Y, lamentablemente, en eso tenía razón: nunca llegué a horario a ningún trabajo.), salía las doce, llegaba tipo una a mi casa, si es que no me quedaba con Liova escaviando o fumando en la plaza, o ambas, y hasta las nueve o diez de la noche, que paraba para comer, me quedaba tocando, sacando algún tema a veces (recuerdo cuando saqué Lazy: estuve dos semanas pegado al equipo, retrocediendo, escuchando nota por nota, con mi amante tortuosa enlazada a mis espaldas y mi perra acostada bajo mi silla). Después de la cena, otra a vez a tocar, hasta las dos o tres de la mañana, y así todos los días, salvo los que tení Iva, que cortaba a las seis y volvia a las diez para comer y seguir tocando hasta las dos o tres, o las cinco algunas veces.
Una mañana de invierno (me llevo de maravillas con ésta estación, a pesar de haber nacido en enero), me bajé antes del bondi. Nuca me bajo antes de o después de ningún bondi. Mi cuerpo sabe las distancias y los tiempos. Pero ése día no. Me bajé antes del bondi y caminé por Libertad, desde la plaza de Tribunales, completamente dormido, mis pelos tapándome la cara del frío. Escuhé una voz que me nombraba, preguntándome mi nombre, buscando una afirmación. Cuando me di vuelta, era G.M. Estaba pasando por la puerta de su colegio. Nos saludamos, nos preguntamos si estábamos tocando, nos confirmamos nuestros teléfonos, y nos despedimos.
Ese día estuve aceleradísimo todo el día. En el baño estaba en silencio, aparentemente indiferente a todos mientras el porro pasaba, y fumaba hasta mis dedos y lo pasaba, y pensaba.
Hacía varios días que no podía dejar de pensar en música, y no tenía banda ni músicos y quería tocar, necesitaba tocar, lo deseaba como nunca desée nada ni a nadie, como sigo deseándolo ahora, como lo desée desde que un dí en Australia, con catorce años, entré a una casa de música a comprarme una armónica para tocar blues. Y haberme encontrado con G.M., ése día, de ésa forma... Las cosas son como deben ser, y pasan cuando tienen que pasar. No hay casualidades: hay causalidades. Así pasan las cosas en mi vida, y en la de todos, aunque muchos no quieran o no se animen o no sepan escuchar y ver el mundo, escuchar y ver sus cuerpos. De éso hablo cuando hablo de rock, y cuando digo que Miles tenía mucho rock encima, así como Coltrane, o, por qué no, el gran Wes. Y se escucha en sus músicas.
A los tres o cuatro días, o a la semana, no me acuerdo bien, nos juntamos. Yo conocía a un batero (que después devino en cantante y con el cual ahora estamos peleados, o él está ofendido conmigo, producto de ésa venenosa ensalada de egos que fue Ego) y a un tecladista, Chapa, que tenía un quiosco (sus padres) por Constitución, en cuyo sótano nos juntábamos, casi todos los díoas a veces.
Pedimos una batería prestada, G.M. llevó su ampli de bajo, y yo usaba el Peavy de 100W de teclado de Chapa, que tenía como cuantro entradas. Y ése lugar fue nuestro templo.
"Ensayos" interminables, de más de cuatro horas, siempre coronados con unas pizzas de Ugi´s, local que lindaba con el quiosco y se comunicaba, sótano mediante, con nosotros.
Hermosas historias, de ésas que no se cuentan por ser sólo de uno pocos, por no tener ningún tipo de entretenimiento para terceros, o para cuartos.
Y ése lugar fue nuestro templo, pagano, páganísimo, hermoso, Nuestro. Hasta que las melodías se ensuciaron, como pasa con todo ("nuestra estrella se agotó, y era mi lujo"), y las cosas dejaron de ser lo que eran. Todo eso cambió sus formas.
Se empezaron a plantear formas de ver las cosas distintas, y Chapa que era muy barrilete, y que N. ya se había ido, porque para él la bata "era un hobbie". Pero G.M. yo siempre fuimos muy en serio con las cosas. Hasta con los juegos. Estuvimos un año sin batero, hecho que hizo que sea toda super tedioso, y siempre Chapa en el medio de nuestros tironeos de cuerdas con G.M., hasta que grabamos Frágil melodía, y todo terminó. G.M. encontró otra banda, yo empecé a tocar con Humus (en detrimento de su nombre, proyecto etéreo y fugáz, de egos dizfrazados de humildad, de estar tocando en River en la casa del batero... Un mes nomás. Justo cuando en ese intervalo de Ego y el comienzo de Humus, se iba Tania), y después Prisioneros del Destino, banda que no me gustaba musicalmente, con la que no comulgaba, pero en la que tenía mucha libertad, y con la que salía a tocar muy seguido. Tenía 17 años.
Después de casi un año, comenzaron los guiños con G.M., los acercamientos (las bandas son como un matrimonio), y después de probar varios bateros, y cantantes, y demás peleas y charlas y idas y vueltas, tres años después de pulir temas, componer, pensar, repensar y demás, salimos con la primer fecha, con batero devenido en cantante, en Loca Bohemia. Un mes después, una fecha más, con cantante nuevo. Y nada más.
Y esas historias hoy son mis lugares, y esos lugares hoy son mis templos. Y necesito rock.