Buscando una salida a la eternidad,
un punto de partida a la nada,
encuentro melodías casi olvidadas.
Y pienso si algún día me animaré a cantarlas.
Salgo por mi ventana, salgo a caminar.
Buscando un laberinto para olvidarme.
Y cuando miro hacia atrás para ver, ya no hay nada.
Y sigo caminando, rumo a encontrar lo que amo.
(Estribillo)
Cuando voy a buscarme no estoy más: ya me fui.
Reflejos en el agua del que soy, quieren verme.
31/7/08
Eterna Gente Oculta
Espíritu inquieto: ¡necesito rock! Hace un año más o menos que se separó Ego. La mejor banda de la que fui parte. El proyecto de mi vida. Ego: su nombre, desde el génesis mismo, llevaba impreso su destino, la autoaniquilación. Lucha de cuerdas tensas, tensandose cada vez más hasta cortar respiraciones, partir almas, doblegar intenciones, desatar tormentas.
G.M. y yo nos conocemos desde los diez u once años. Nos conocimos en el Labardén, y a los doce soñábamos con armar una banda. Yo siempre fui medio barrilete, y recuerdo que los nombres que proponía para el proyecto eran rechazados, casi vomitados, por el tinte bizarro que yo les daba (a todas las cosas en realidad).
Siempre nos peleamos por algo con G.M. Siempre competimos porque sí, por ser nuestros temperamentos tan similares. Y encima yo, que soy un búfalo. Siempre discutiendo quién tenía la razón, quién tenía la opinión de más peso, quién sabía la forma correcta de hacer las cosas, quien la tenía más larga.
A los trece años dejamos de vernos. Yo no paraba de escuchar Queen y Aerosmith (era lo único que escuchaba, y escuhé los mismos discos durante casi dos años, todos los días, todo el día. Años más tarde escubrí que eso haría con cada cosa que escuchase. La obsesión es la amante tortuosa del músico, debe ser su forma, junto con el desapego.). Aerosmith: primer legado de G.M.
Yo repartía mis dias entre el Iva y la escuela y tocar: me levantaba a las ocho de la mañana, llegaba a la escuela a las nueve o nueve y media (nunca me quedé libre: me chupaba tanto un huevo, que siempre encontraba la forma de zafar de las medias faltas. Justo ahora recuerdo a una profesora de biología, la "Señora/Señorita" Azcárate... que, además de ser una Señora Muy Bien, creo que debía tener las orejas a la altura de los omóplatos de tantas estiradas que se había pegado: siempre imaginé que tenía una especie de tuerca en la nuca, que se ajustaba cada tanto, cuando la piel, o eso que hacía de, empezaba a cederle. La cuestión es que ésta mujer siempre hinchaba las pelotas, con ése tono de Maestra Ciruela Pasa, con lo de las llegadas tarde-para colmo la tenía siempre en las primeras horas-, que "qué mala costumbre la del horario, que qué haríamos -que qué haría yo, pero dicho con cobardía- cuando trabajemos, porque llegaríamos siempre tarde nos decía a todos cada vez que yo llegaba tarde, que "no era un club: era una escuela", siempre con ese dogma de escuela secundaria, de bachillerato público -púbico- que alista soldados para las oficinas del centro, para las dependencias también púbicas. Y, lamentablemente, en eso tenía razón: nunca llegué a horario a ningún trabajo.), salía las doce, llegaba tipo una a mi casa, si es que no me quedaba con Liova escaviando o fumando en la plaza, o ambas, y hasta las nueve o diez de la noche, que paraba para comer, me quedaba tocando, sacando algún tema a veces (recuerdo cuando saqué Lazy: estuve dos semanas pegado al equipo, retrocediendo, escuchando nota por nota, con mi amante tortuosa enlazada a mis espaldas y mi perra acostada bajo mi silla). Después de la cena, otra a vez a tocar, hasta las dos o tres de la mañana, y así todos los días, salvo los que tení Iva, que cortaba a las seis y volvia a las diez para comer y seguir tocando hasta las dos o tres, o las cinco algunas veces.
Una mañana de invierno (me llevo de maravillas con ésta estación, a pesar de haber nacido en enero), me bajé antes del bondi. Nuca me bajo antes de o después de ningún bondi. Mi cuerpo sabe las distancias y los tiempos. Pero ése día no. Me bajé antes del bondi y caminé por Libertad, desde la plaza de Tribunales, completamente dormido, mis pelos tapándome la cara del frío. Escuhé una voz que me nombraba, preguntándome mi nombre, buscando una afirmación. Cuando me di vuelta, era G.M. Estaba pasando por la puerta de su colegio. Nos saludamos, nos preguntamos si estábamos tocando, nos confirmamos nuestros teléfonos, y nos despedimos.
Ese día estuve aceleradísimo todo el día. En el baño estaba en silencio, aparentemente indiferente a todos mientras el porro pasaba, y fumaba hasta mis dedos y lo pasaba, y pensaba.
Hacía varios días que no podía dejar de pensar en música, y no tenía banda ni músicos y quería tocar, necesitaba tocar, lo deseaba como nunca desée nada ni a nadie, como sigo deseándolo ahora, como lo desée desde que un dí en Australia, con catorce años, entré a una casa de música a comprarme una armónica para tocar blues. Y haberme encontrado con G.M., ése día, de ésa forma... Las cosas son como deben ser, y pasan cuando tienen que pasar. No hay casualidades: hay causalidades. Así pasan las cosas en mi vida, y en la de todos, aunque muchos no quieran o no se animen o no sepan escuchar y ver el mundo, escuchar y ver sus cuerpos. De éso hablo cuando hablo de rock, y cuando digo que Miles tenía mucho rock encima, así como Coltrane, o, por qué no, el gran Wes. Y se escucha en sus músicas.
A los tres o cuatro días, o a la semana, no me acuerdo bien, nos juntamos. Yo conocía a un batero (que después devino en cantante y con el cual ahora estamos peleados, o él está ofendido conmigo, producto de ésa venenosa ensalada de egos que fue Ego) y a un tecladista, Chapa, que tenía un quiosco (sus padres) por Constitución, en cuyo sótano nos juntábamos, casi todos los díoas a veces.
Pedimos una batería prestada, G.M. llevó su ampli de bajo, y yo usaba el Peavy de 100W de teclado de Chapa, que tenía como cuantro entradas. Y ése lugar fue nuestro templo.
"Ensayos" interminables, de más de cuatro horas, siempre coronados con unas pizzas de Ugi´s, local que lindaba con el quiosco y se comunicaba, sótano mediante, con nosotros.
Hermosas historias, de ésas que no se cuentan por ser sólo de uno pocos, por no tener ningún tipo de entretenimiento para terceros, o para cuartos.
Y ése lugar fue nuestro templo, pagano, páganísimo, hermoso, Nuestro. Hasta que las melodías se ensuciaron, como pasa con todo ("nuestra estrella se agotó, y era mi lujo"), y las cosas dejaron de ser lo que eran. Todo eso cambió sus formas.
Se empezaron a plantear formas de ver las cosas distintas, y Chapa que era muy barrilete, y que N. ya se había ido, porque para él la bata "era un hobbie". Pero G.M. yo siempre fuimos muy en serio con las cosas. Hasta con los juegos. Estuvimos un año sin batero, hecho que hizo que sea toda super tedioso, y siempre Chapa en el medio de nuestros tironeos de cuerdas con G.M., hasta que grabamos Frágil melodía, y todo terminó. G.M. encontró otra banda, yo empecé a tocar con Humus (en detrimento de su nombre, proyecto etéreo y fugáz, de egos dizfrazados de humildad, de estar tocando en River en la casa del batero... Un mes nomás. Justo cuando en ese intervalo de Ego y el comienzo de Humus, se iba Tania), y después Prisioneros del Destino, banda que no me gustaba musicalmente, con la que no comulgaba, pero en la que tenía mucha libertad, y con la que salía a tocar muy seguido. Tenía 17 años.
Después de casi un año, comenzaron los guiños con G.M., los acercamientos (las bandas son como un matrimonio), y después de probar varios bateros, y cantantes, y demás peleas y charlas y idas y vueltas, tres años después de pulir temas, componer, pensar, repensar y demás, salimos con la primer fecha, con batero devenido en cantante, en Loca Bohemia. Un mes después, una fecha más, con cantante nuevo. Y nada más.
Y esas historias hoy son mis lugares, y esos lugares hoy son mis templos. Y necesito rock.
G.M. y yo nos conocemos desde los diez u once años. Nos conocimos en el Labardén, y a los doce soñábamos con armar una banda. Yo siempre fui medio barrilete, y recuerdo que los nombres que proponía para el proyecto eran rechazados, casi vomitados, por el tinte bizarro que yo les daba (a todas las cosas en realidad).
Siempre nos peleamos por algo con G.M. Siempre competimos porque sí, por ser nuestros temperamentos tan similares. Y encima yo, que soy un búfalo. Siempre discutiendo quién tenía la razón, quién tenía la opinión de más peso, quién sabía la forma correcta de hacer las cosas, quien la tenía más larga.
A los trece años dejamos de vernos. Yo no paraba de escuchar Queen y Aerosmith (era lo único que escuchaba, y escuhé los mismos discos durante casi dos años, todos los días, todo el día. Años más tarde escubrí que eso haría con cada cosa que escuchase. La obsesión es la amante tortuosa del músico, debe ser su forma, junto con el desapego.). Aerosmith: primer legado de G.M.
Yo repartía mis dias entre el Iva y la escuela y tocar: me levantaba a las ocho de la mañana, llegaba a la escuela a las nueve o nueve y media (nunca me quedé libre: me chupaba tanto un huevo, que siempre encontraba la forma de zafar de las medias faltas. Justo ahora recuerdo a una profesora de biología, la "Señora/Señorita" Azcárate... que, además de ser una Señora Muy Bien, creo que debía tener las orejas a la altura de los omóplatos de tantas estiradas que se había pegado: siempre imaginé que tenía una especie de tuerca en la nuca, que se ajustaba cada tanto, cuando la piel, o eso que hacía de, empezaba a cederle. La cuestión es que ésta mujer siempre hinchaba las pelotas, con ése tono de Maestra Ciruela Pasa, con lo de las llegadas tarde-para colmo la tenía siempre en las primeras horas-, que "qué mala costumbre la del horario, que qué haríamos -que qué haría yo, pero dicho con cobardía- cuando trabajemos, porque llegaríamos siempre tarde nos decía a todos cada vez que yo llegaba tarde, que "no era un club: era una escuela", siempre con ese dogma de escuela secundaria, de bachillerato público -púbico- que alista soldados para las oficinas del centro, para las dependencias también púbicas. Y, lamentablemente, en eso tenía razón: nunca llegué a horario a ningún trabajo.), salía las doce, llegaba tipo una a mi casa, si es que no me quedaba con Liova escaviando o fumando en la plaza, o ambas, y hasta las nueve o diez de la noche, que paraba para comer, me quedaba tocando, sacando algún tema a veces (recuerdo cuando saqué Lazy: estuve dos semanas pegado al equipo, retrocediendo, escuchando nota por nota, con mi amante tortuosa enlazada a mis espaldas y mi perra acostada bajo mi silla). Después de la cena, otra a vez a tocar, hasta las dos o tres de la mañana, y así todos los días, salvo los que tení Iva, que cortaba a las seis y volvia a las diez para comer y seguir tocando hasta las dos o tres, o las cinco algunas veces.
Una mañana de invierno (me llevo de maravillas con ésta estación, a pesar de haber nacido en enero), me bajé antes del bondi. Nuca me bajo antes de o después de ningún bondi. Mi cuerpo sabe las distancias y los tiempos. Pero ése día no. Me bajé antes del bondi y caminé por Libertad, desde la plaza de Tribunales, completamente dormido, mis pelos tapándome la cara del frío. Escuhé una voz que me nombraba, preguntándome mi nombre, buscando una afirmación. Cuando me di vuelta, era G.M. Estaba pasando por la puerta de su colegio. Nos saludamos, nos preguntamos si estábamos tocando, nos confirmamos nuestros teléfonos, y nos despedimos.
Ese día estuve aceleradísimo todo el día. En el baño estaba en silencio, aparentemente indiferente a todos mientras el porro pasaba, y fumaba hasta mis dedos y lo pasaba, y pensaba.
Hacía varios días que no podía dejar de pensar en música, y no tenía banda ni músicos y quería tocar, necesitaba tocar, lo deseaba como nunca desée nada ni a nadie, como sigo deseándolo ahora, como lo desée desde que un dí en Australia, con catorce años, entré a una casa de música a comprarme una armónica para tocar blues. Y haberme encontrado con G.M., ése día, de ésa forma... Las cosas son como deben ser, y pasan cuando tienen que pasar. No hay casualidades: hay causalidades. Así pasan las cosas en mi vida, y en la de todos, aunque muchos no quieran o no se animen o no sepan escuchar y ver el mundo, escuchar y ver sus cuerpos. De éso hablo cuando hablo de rock, y cuando digo que Miles tenía mucho rock encima, así como Coltrane, o, por qué no, el gran Wes. Y se escucha en sus músicas.
A los tres o cuatro días, o a la semana, no me acuerdo bien, nos juntamos. Yo conocía a un batero (que después devino en cantante y con el cual ahora estamos peleados, o él está ofendido conmigo, producto de ésa venenosa ensalada de egos que fue Ego) y a un tecladista, Chapa, que tenía un quiosco (sus padres) por Constitución, en cuyo sótano nos juntábamos, casi todos los díoas a veces.
Pedimos una batería prestada, G.M. llevó su ampli de bajo, y yo usaba el Peavy de 100W de teclado de Chapa, que tenía como cuantro entradas. Y ése lugar fue nuestro templo.
"Ensayos" interminables, de más de cuatro horas, siempre coronados con unas pizzas de Ugi´s, local que lindaba con el quiosco y se comunicaba, sótano mediante, con nosotros.
Hermosas historias, de ésas que no se cuentan por ser sólo de uno pocos, por no tener ningún tipo de entretenimiento para terceros, o para cuartos.
Y ése lugar fue nuestro templo, pagano, páganísimo, hermoso, Nuestro. Hasta que las melodías se ensuciaron, como pasa con todo ("nuestra estrella se agotó, y era mi lujo"), y las cosas dejaron de ser lo que eran. Todo eso cambió sus formas.
Se empezaron a plantear formas de ver las cosas distintas, y Chapa que era muy barrilete, y que N. ya se había ido, porque para él la bata "era un hobbie". Pero G.M. yo siempre fuimos muy en serio con las cosas. Hasta con los juegos. Estuvimos un año sin batero, hecho que hizo que sea toda super tedioso, y siempre Chapa en el medio de nuestros tironeos de cuerdas con G.M., hasta que grabamos Frágil melodía, y todo terminó. G.M. encontró otra banda, yo empecé a tocar con Humus (en detrimento de su nombre, proyecto etéreo y fugáz, de egos dizfrazados de humildad, de estar tocando en River en la casa del batero... Un mes nomás. Justo cuando en ese intervalo de Ego y el comienzo de Humus, se iba Tania), y después Prisioneros del Destino, banda que no me gustaba musicalmente, con la que no comulgaba, pero en la que tenía mucha libertad, y con la que salía a tocar muy seguido. Tenía 17 años.
Después de casi un año, comenzaron los guiños con G.M., los acercamientos (las bandas son como un matrimonio), y después de probar varios bateros, y cantantes, y demás peleas y charlas y idas y vueltas, tres años después de pulir temas, componer, pensar, repensar y demás, salimos con la primer fecha, con batero devenido en cantante, en Loca Bohemia. Un mes después, una fecha más, con cantante nuevo. Y nada más.
Y esas historias hoy son mis lugares, y esos lugares hoy son mis templos. Y necesito rock.
30/7/08
La entrada anterior quedó inconclusa. De golpe un vacío, un blanco en mi mente. Viento de tormenta que erosionó mis pensares; traición de la memoria, tretas de la imaginación. Viento: Eros, erosión. Qué cercanía ¿no? Eros me erosiona.
A veces las cosas están tan cerca que no las vemos. Es fácil encerrarse ("La iglesia, la escuela, el banco, y el cementerio al final: tanto cielo, y mirá vos cómo te encerraste", diría Minimal, o Sanzo. No sé quién de él, tal vez los dos.). Es muy fácil ver que todo es una mierda. Es el costado más simple de todo, el lugar más común que conozco. Hasta me atrevo a afirmar que caminamos, las personas, por ése costado de forma natural, sin siquiera pensarlo. Y no hay cosa que me moleste más que los lugares comunes porque sí. Lo difícil es lo otro, lo bello, lo distinto, lo que queremos ser. Elegir el lugar: estoy cansado de cruzarme con gente que no conoce otro lugar, otros lugares más que los comunes. Muy lejos de volar, reptan. No eligen. Tampoco permiten que uno vuele, o intentan bajarlo a uno de los pies, de las piernas, con todo el peso de sus cuerpos.
Lo que quiero ser. Cambié mi dolor por poder. Poder crearme a mi propia imagen y semejanza. Soy mi dios, mi tiempo, mi música; creé y creo en mis propias deidades: construí sus altares día a día, tiempo a tiempo, cada cosa cada día. Somos nuestros artesanos, y así arranco mis pieles día tras día: necesito cambiar. Me despego, o lo intento (no dejo de ser una persona). Desapego. Qué simple que es apegarse a las formas, a lo que conocemos o creemos conocer, a aquello que nos da seguridad. Y hoy cambio todo eso, todo ése mundo de años de pensar y sufrirme pensando (tanto pensar termina llevando de forma inefable a la inacción: es ley.), ése mundo de la seguridad de las afirmaciones, de buscar confirmaciones y refutar y acomodar mi mente a lo que "debería ser", porque "la razón" (y no el diario, eh...) es una mierda (También el diario.), por la certeza incorruptible de que soy y seré. La duda, Las Dudas, que son casi como mis Erinias, dieron paso a la indiferencia, a ese "nomeimporta" mirando de reojo, como midiendo hasta dónde dejo que las cosas y las personas lleguen, que las cosas y las personas se vayan.
"Desapego no es desamor", leí por algún lugar, escrito por una mujer de la cual sólo sé su tatuaje. Eso, y que si un hombre le importa, le cierra todo menos sus piernas, o algo así. Corazón Coraza. Hasta el Desapego es una forma a la que nos apegamos. "Desapego no es desamor". Suena a ideal, y sin embargo es tan posible, tan cercano, tan probable (de probar en el sentido de saborear), tan real... Es como sentir en el paladar el fondo del sabor de lo que quiero degustar: todo siempre ahí nomás, tan cerca que no lo alcanzo.
Decía entonces que dejó ver más de lo que había imaginado, que fue como si hubiere vista a través de sus ropas. Ya por el cuarto escocés no sentía la lengua de lo liviana que estaba. En realidad no recuerdo si estaba liviana o pesada. Sólo recuerdo que no la sentía, y que las palabras salían de mi boca solas. Habíamos estado hablando de cosas nimias, como en la superficie, los dos tratando de flotar en ése lugar, tan cómodo para ambos.
Eran cerca de las diez. Habíamos estada hablando por horas, mis remolinos cada vez más intensos, más furiosos, alimentados por cada sonrisa, por cada mirada, por cada silencio. Se levantó para ir al baño. La ví irse y preferí correr la vista rápido: no podía creer lo que veía. Trataba de dudar, de convencerme de que aquello que estaba viendo era una exageración, un exacerbo de mis percepciones, producto del alcohol y de la calentura, que encima a vaces se juntan. Pro cuando la ví volver dejé de dudar, apuré el vaso, y antes de que se sentara me levanté, la agarré firme pero suave del pelo y le comi la boca. Fue el beso más intenso que dí (y que me dieron). Cuando separamos nuestras caras, me miró con los ojos brillosos, la boca entreabierta, la respiración entrecortada. No nos habíamos revelado nuestros nombres todavía, hacho que yo disfrutaba demasiado, por alguna desconocida razón. Pero de seguro perversa.
"Me tengo que ir" me dijo. Le pregunté irónico si intentaba que le insista en se quedara conmigo. Me dijo que no, que quería irse; estaba nerviosa y éso la hacía mas hermosa todavía: la dejaba desnuda, inocente, adolescente. La miré fijo a los ojos. Intentó correr la mirada pero conseguí que no lo hiciera. Pagué y salimos. Ni bien hubo pisado la calle, paró un taxi y se subió. Me quedé atónito, petrificado (diría que duro, pero aunque el whisky, no comulgo con ese estado). Encendí un cigarrillo, y pensé que no me había dado tiempo. Empecé a caminar hacia ningún lado, el viento frío golpeándome la cara, como queriéndome hacer reaccionar. Cuando salí de mi letargo, ya en mi casa, me dí cuenta de que el tiempo me había sobrado. Había tenido tiempo de sobra, y no había sabido qué hacer, más que sostener una postura. Eso, y desperdiciar una hermosa oportunidad, tal vez la más hermosa, tal vez la última.
A veces las cosas están tan cerca que no las vemos. Es fácil encerrarse ("La iglesia, la escuela, el banco, y el cementerio al final: tanto cielo, y mirá vos cómo te encerraste", diría Minimal, o Sanzo. No sé quién de él, tal vez los dos.). Es muy fácil ver que todo es una mierda. Es el costado más simple de todo, el lugar más común que conozco. Hasta me atrevo a afirmar que caminamos, las personas, por ése costado de forma natural, sin siquiera pensarlo. Y no hay cosa que me moleste más que los lugares comunes porque sí. Lo difícil es lo otro, lo bello, lo distinto, lo que queremos ser. Elegir el lugar: estoy cansado de cruzarme con gente que no conoce otro lugar, otros lugares más que los comunes. Muy lejos de volar, reptan. No eligen. Tampoco permiten que uno vuele, o intentan bajarlo a uno de los pies, de las piernas, con todo el peso de sus cuerpos.
Lo que quiero ser. Cambié mi dolor por poder. Poder crearme a mi propia imagen y semejanza. Soy mi dios, mi tiempo, mi música; creé y creo en mis propias deidades: construí sus altares día a día, tiempo a tiempo, cada cosa cada día. Somos nuestros artesanos, y así arranco mis pieles día tras día: necesito cambiar. Me despego, o lo intento (no dejo de ser una persona). Desapego. Qué simple que es apegarse a las formas, a lo que conocemos o creemos conocer, a aquello que nos da seguridad. Y hoy cambio todo eso, todo ése mundo de años de pensar y sufrirme pensando (tanto pensar termina llevando de forma inefable a la inacción: es ley.), ése mundo de la seguridad de las afirmaciones, de buscar confirmaciones y refutar y acomodar mi mente a lo que "debería ser", porque "la razón" (y no el diario, eh...) es una mierda (También el diario.), por la certeza incorruptible de que soy y seré. La duda, Las Dudas, que son casi como mis Erinias, dieron paso a la indiferencia, a ese "nomeimporta" mirando de reojo, como midiendo hasta dónde dejo que las cosas y las personas lleguen, que las cosas y las personas se vayan.
"Desapego no es desamor", leí por algún lugar, escrito por una mujer de la cual sólo sé su tatuaje. Eso, y que si un hombre le importa, le cierra todo menos sus piernas, o algo así. Corazón Coraza. Hasta el Desapego es una forma a la que nos apegamos. "Desapego no es desamor". Suena a ideal, y sin embargo es tan posible, tan cercano, tan probable (de probar en el sentido de saborear), tan real... Es como sentir en el paladar el fondo del sabor de lo que quiero degustar: todo siempre ahí nomás, tan cerca que no lo alcanzo.
Decía entonces que dejó ver más de lo que había imaginado, que fue como si hubiere vista a través de sus ropas. Ya por el cuarto escocés no sentía la lengua de lo liviana que estaba. En realidad no recuerdo si estaba liviana o pesada. Sólo recuerdo que no la sentía, y que las palabras salían de mi boca solas. Habíamos estado hablando de cosas nimias, como en la superficie, los dos tratando de flotar en ése lugar, tan cómodo para ambos.
Eran cerca de las diez. Habíamos estada hablando por horas, mis remolinos cada vez más intensos, más furiosos, alimentados por cada sonrisa, por cada mirada, por cada silencio. Se levantó para ir al baño. La ví irse y preferí correr la vista rápido: no podía creer lo que veía. Trataba de dudar, de convencerme de que aquello que estaba viendo era una exageración, un exacerbo de mis percepciones, producto del alcohol y de la calentura, que encima a vaces se juntan. Pro cuando la ví volver dejé de dudar, apuré el vaso, y antes de que se sentara me levanté, la agarré firme pero suave del pelo y le comi la boca. Fue el beso más intenso que dí (y que me dieron). Cuando separamos nuestras caras, me miró con los ojos brillosos, la boca entreabierta, la respiración entrecortada. No nos habíamos revelado nuestros nombres todavía, hacho que yo disfrutaba demasiado, por alguna desconocida razón. Pero de seguro perversa.
"Me tengo que ir" me dijo. Le pregunté irónico si intentaba que le insista en se quedara conmigo. Me dijo que no, que quería irse; estaba nerviosa y éso la hacía mas hermosa todavía: la dejaba desnuda, inocente, adolescente. La miré fijo a los ojos. Intentó correr la mirada pero conseguí que no lo hiciera. Pagué y salimos. Ni bien hubo pisado la calle, paró un taxi y se subió. Me quedé atónito, petrificado (diría que duro, pero aunque el whisky, no comulgo con ese estado). Encendí un cigarrillo, y pensé que no me había dado tiempo. Empecé a caminar hacia ningún lado, el viento frío golpeándome la cara, como queriéndome hacer reaccionar. Cuando salí de mi letargo, ya en mi casa, me dí cuenta de que el tiempo me había sobrado. Había tenido tiempo de sobra, y no había sabido qué hacer, más que sostener una postura. Eso, y desperdiciar una hermosa oportunidad, tal vez la más hermosa, tal vez la última.
29/7/08
No fue un acto racional. Estaba caminando por el centro. Florida y Córdoba, y el flujo de mierda de todos los días, todo atestado de personas que van y vienen y vuelven a ir, todos para cualquier lado, apurados, desesperados, duros, quemados, en paz. Pero simpre agobiantes. Eran casi las cuatro en punto cuando la vi entre la masa informe de gente: un par de ojos negros entre la nada que es ese todo asqueroso. La miré y me miró, y corrió la mirada. Sentí un remolino en la panza y en la pija, y cuando me quise dar cuenta había caminado ya dos cuadrass siguiéndola, pensando una forma de encararla. Reparé en ésto justo cuando un semáforo marcaba el sístole del tránsito, y toda la marea humana se detuvo en el límite entre la vereda y la calle, emulando casi a una legión arcáica en el frente de batalla, esperando la orden para atacar. Pensé (mentira: no pensé un carajo.) que era ahí y entonces, avancé los tres pasos de distancia que nos separaban y puse mi mano en su hombro. Se dió vuelta sobresaltada, el pelo castaño tapándole los ojos por un instante. "Sos hermosa. Te tengo que invitar a tomar un café". Ella me miró, incrédula al principio, con los ojos sombríos después, hasta que por fin, después de unos dos o tres segundos (que fueron como horas para mí, habiendo retomado la conciencia de la gente a mi alrededor, sintiéndome casi al desnudo no sólo ante Ella, sino tambien ante ese mar estanco de gente), soltó una carcajada más que cruel, de esas que son capaces de cortar la carne con presición milimétrica y profundidad pasmosa. La gente miraba: un flaco al lado mío me palmeó la espalda y me dio sus felicitaciones entre risas, que "gracias por el show"; una mina que estaba del otro lado me sonrió con sorna mientras cruzaba la calle, mientras todos avanzavan. Todos menos yo, que me quedé parado en la esquina de Florida y Tucumán, mirándo a los ojos a la mujer más hermosa que jamás hube visto (ella se había quedado ahí, mirándome, sin decir nada después de su risa histérica).
"Vení" dijo de golpe. Me agarró de la mano y me llevó casi a la rastra hasta un bar sobre la calle Maipú, casi llegando a Corrientes. No pude dejar de mirarle las tetas en todo el camino. Cuando llegamos, se quitó el saco que llevaba puesto, descubriéndo más de lo que habí pensado. Es como si hubiese podido ver a través de sus ropas.
"Vení" dijo de golpe. Me agarró de la mano y me llevó casi a la rastra hasta un bar sobre la calle Maipú, casi llegando a Corrientes. No pude dejar de mirarle las tetas en todo el camino. Cuando llegamos, se quitó el saco que llevaba puesto, descubriéndo más de lo que habí pensado. Es como si hubiese podido ver a través de sus ropas.
Tiempo y ¿vida?
Siempre corriendo, enfrentando al viento y queriendo escapar.
Tratando de ir hacia donde va el tiempo, para llegar a ningún lado.
Si todo es tiempo que se va: si todo es mañana
Si nadie se atreve a despertar: no voy a morir sin disfrutar del viaje.
Tratando de ir hacia donde va el tiempo, para llegar a ningún lado.
Si todo es tiempo que se va: si todo es mañana
Si nadie se atreve a despertar: no voy a morir sin disfrutar del viaje.
24/7/08
Desvaneciéndome.
¡Quero despedazar el tiempo y adueñarme del espacio! No soporto más el confort. No quiero confort, y sin embargo lo disfruto. “Un poquito más, un poquito más”. Forro. Me siento un pobre forro y un pelotudo. Y la muerte me está esperando en cada esquina, en cada descanso, en cada pausa que me tomo, cada vez que salgo a comer algo o tomar algo y me siento parte de “ese” universo al que sólo un tiempo atrás odié y hoy también odio, pero del que ya soy parte. Entonces me siento muerto, vacío, embalsamado. Es la parte de mí que me odia, es la parte de mí que se odia. Y en laberintos sigo buscando la salida. La concha de Dios.
Dualidad espantosa la de querer y no, la de no querer y sí, y mucho peor la de poder y no querer. Me cago en la seguridad, en la vida resuelta, en mis nueve horas diarias por un sueldo mensual jugoso. Todo eso es una mierda. Siento que vendí mi alma, o parte de ella (gran parte), que soy consumido por el consumo, que consumo mi autoconsumo (qué bueno que no consumo, ¿no?), que mi tiempo es oro que cambio por billetes sucios, impresos con sangre y manchados con mierda. Como todos los billetes.
Y mis melodías huyen de mí. Se van muy lejos, donde no pueda oírlas, para que no pueda encontrarlas más. A veces las encuentro igual, pero supongo que se dejan encontrar en esos casos: me tienen lástima. “Pobre éste infeliz. Vamos a hacerle creer que está vivo”. Y aparecen por mi cabeza un rato, coquetean un poco, se muestran bien perras como las camareras (La Camarera) del bar en el que acabo de almorzar. Pero no me dan nada que calme mi hambre. Sólo olores y sonidos que abren más mi apetito. Me hacen calentar para dejarme en pelotas y salir corriendo. Y así me siento, desnudo, sin nada, tratando de encontrar a ése que quiero y alguna vez supe ser, pero ahora está muy lejos de mí, peleado conmigo, reprochándome mi traición, mi venta, mi entrega, mi confort. Y falta tanto para las seis.
Dualidad espantosa la de querer y no, la de no querer y sí, y mucho peor la de poder y no querer. Me cago en la seguridad, en la vida resuelta, en mis nueve horas diarias por un sueldo mensual jugoso. Todo eso es una mierda. Siento que vendí mi alma, o parte de ella (gran parte), que soy consumido por el consumo, que consumo mi autoconsumo (qué bueno que no consumo, ¿no?), que mi tiempo es oro que cambio por billetes sucios, impresos con sangre y manchados con mierda. Como todos los billetes.
Y mis melodías huyen de mí. Se van muy lejos, donde no pueda oírlas, para que no pueda encontrarlas más. A veces las encuentro igual, pero supongo que se dejan encontrar en esos casos: me tienen lástima. “Pobre éste infeliz. Vamos a hacerle creer que está vivo”. Y aparecen por mi cabeza un rato, coquetean un poco, se muestran bien perras como las camareras (La Camarera) del bar en el que acabo de almorzar. Pero no me dan nada que calme mi hambre. Sólo olores y sonidos que abren más mi apetito. Me hacen calentar para dejarme en pelotas y salir corriendo. Y así me siento, desnudo, sin nada, tratando de encontrar a ése que quiero y alguna vez supe ser, pero ahora está muy lejos de mí, peleado conmigo, reprochándome mi traición, mi venta, mi entrega, mi confort. Y falta tanto para las seis.
7/7/08
O.M.E.SyA
Tarde húmeda de un lunes de otoño. En la Oficina de Mesa de Entradas, Salidas y Archivo no pasa nada, como de costumbre. Alicia está frente a su máquina, haciendo nada mientras cuenta los minutos para que se hagan las seis, como todos los días presa de su vacío; Martín sigue tan estúpido como siempre, diciendo cosas sin sentido, llamándo la atención como si fuera un chico de diez años, pese a tener más de treinta. German está sin estar. No se hace sentir (salvo ahora que puso música) pero se siente que está, mientras Silvita viaja hacia nigún lugar montada en su nebulosa química, vaya uno a saber qué piensa si es que piensa. De afuera se ve como si tuviera la mente en blanco (aunque siempre desconfío de éste tipo de personas: tengo la sospecha de que están observándolo todo, más que atentos al mundo circundante, como al acecho, escondidos en su supuesta debilidad, esperando el momento preciso...) la mirada perdida, fija en alguna nada atemporal, el cuerpo inmóvil, y pensaría que inerte si nunca la hubiera visto llevar papeles a los pisos superiores, con ese andar acompasado y parsimonioso, secuela supongo de haberse roto el cráneo en un accidente en moto, lejos en el tiempo, allá por sus dieciocho años. Sara se escabulló a una de sus reuniones de gremio, Daniel no vino y Rosana salió a fumar, también como de costumbre, y a tragar su dosis diaria de veneno cuidadamente fermentado en su lugar de origen.
Eran las tres y seis minutos cuando se abrió la puerta. Un hombre relativamente joven irrumpió en el recinto en forma violenta, abriendo la puerta con tal fuerza que la hizo chocar con el mueble que está a la derecha de la entrada (desde mi ubicacion es mi izquierda), con un estruendo que rompió la pantanosa calma de la oficina. "¿¡Quién carajo me atiende!?" rugió la voz del hombre, soltando una ira incomprensible e incontrolable. Desde mi escritorio se ve el mostrador en forma directa. El hombre traía un sobre en la mano derecha, y la mano izquierda y la cara manchadas con sangre.
Alicia se acercó despacio a ver qué pasaba: ni bién hubo entrado en el campo de visión del hombre, éste saltó el mostrador y sacó del sobre papel madera un cuchillo de unos veinte centímetros de hoja, con el que cercenó la garganta de Alicia sin mediar palabra alguna, salpicando y chorreándolo todo de sangre espesa. El cuerpo de Alicia cayó al suelo de espaldas, los ojos perdidos en algún lugar del cielorraso que era quizás algún lugar de su memoria ya, las piernas moviéndose espasmódicas, involuntarias, por última vez.
Una vez hecho ésto, se inclinó sobre el cadáver de su víctima y arracó su ojo derecho, que masticó compulsivamente hasta tragarlo, no sin antes escupir la lente de contacto como quien escupe el carozo de una fruta o la espina de un pescado.
"¡Gracias!" gritó después como con sorna, y mirándonos a todos los presentes mientras se limpiaba la sangre del cuchillo en los pantalones, se fué silvando un tango de Goyeneche. Todos escuchamos asorados cómo el silvido se iba perdiendo gradualmente en la oscuridad del pasillo; después un grito, disparos, silencio.
Y el reloj marcaba las tres y diéz.
Eran las tres y seis minutos cuando se abrió la puerta. Un hombre relativamente joven irrumpió en el recinto en forma violenta, abriendo la puerta con tal fuerza que la hizo chocar con el mueble que está a la derecha de la entrada (desde mi ubicacion es mi izquierda), con un estruendo que rompió la pantanosa calma de la oficina. "¿¡Quién carajo me atiende!?" rugió la voz del hombre, soltando una ira incomprensible e incontrolable. Desde mi escritorio se ve el mostrador en forma directa. El hombre traía un sobre en la mano derecha, y la mano izquierda y la cara manchadas con sangre.
Alicia se acercó despacio a ver qué pasaba: ni bién hubo entrado en el campo de visión del hombre, éste saltó el mostrador y sacó del sobre papel madera un cuchillo de unos veinte centímetros de hoja, con el que cercenó la garganta de Alicia sin mediar palabra alguna, salpicando y chorreándolo todo de sangre espesa. El cuerpo de Alicia cayó al suelo de espaldas, los ojos perdidos en algún lugar del cielorraso que era quizás algún lugar de su memoria ya, las piernas moviéndose espasmódicas, involuntarias, por última vez.
Una vez hecho ésto, se inclinó sobre el cadáver de su víctima y arracó su ojo derecho, que masticó compulsivamente hasta tragarlo, no sin antes escupir la lente de contacto como quien escupe el carozo de una fruta o la espina de un pescado.
"¡Gracias!" gritó después como con sorna, y mirándonos a todos los presentes mientras se limpiaba la sangre del cuchillo en los pantalones, se fué silvando un tango de Goyeneche. Todos escuchamos asorados cómo el silvido se iba perdiendo gradualmente en la oscuridad del pasillo; después un grito, disparos, silencio.
Y el reloj marcaba las tres y diéz.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)
