19/6/09

El Erinio

Sobre la mesa el recuerdo de un pasado idealizado. En su almohada brilla la daga que hubo de darle muerte a todo aquello que quiso dejar de ser. Su gato maúlla de pena y dolor (su vientre está por ceder, dejando salir al monstruo que su dueña siempre negó, personificación de sus automentiras).
Inerte y en posicion fetal, se muerde los labios hasta sentir el sabor de su sangre, pudriéndose, invadir los confines de su memoria hasta llegar al recuerdo que siempre cree olvidar. El zumbido en sus oídos se hace cada vez más insoportable: esfuerzos inconscientes de evitar lo inexorable, lo real, lo terrible. Sus sienes laten al ritmo de la lluvia en la ventana: ella grita, pero no se escucha, inmóvil, acurrucada. Llora bilis y se seca con piel muerta mientras su gato corta el mundo con un aullido final, insultante, culposo, de dolor y odio: sus entrañas salpican la cara de ella, que permanece inmóvil mirando, como paralizada por el veneno de una serpiente, el fruto espantoso de su mentira inicial, de su afán por creerse inocente. Lo ve aproximarse lentamente, masa infome de carne hambrienta, putrefacta, los colmillos amarillentos. A traves de las fauces de su verdugo puede entrever las cabezas de su padre, de su madre, de su hijo. Y entonces, cuando ya no queda tiempo, cuando siente el aliento final y los conmillos como agujas en sus encías; mientras grita de dolor y miedo, entiende que no es más que ella, que no fue más que ella, pero es tarde ahora. Vé su última imágen, su cuerpo despedazado e insensible, y a la criatura, Su criatura, arrancándole los pezones con furia, con ojos de fuego. Sus últimas fuerzas fueron su último grito de horror y dolor. Y después la nada.

La despertaron un pinchazo en el brazo y ciertas voces lejanas, que balbuceaban algo que su cerebro narcótico decodificaba como "está estable". Quizo rascarse pero algo sostenía sus manos. Notó que sus brazos estaban atados a la cama de metal de la habitación blanca. Oyó más voces lejanas. Entonces cerró los ojos, tomó aire, hichó el pecho y amaneció con furia: "¿¡Quién soy!?".