22/9/08

Cruel paja.

Me estoy aburriendo mucho y no traje mi cuaderno de audio (que tampoco es muy divertido, pero buá). La cuestión es que este laburo es una mierda pero me da comer, como todo laburo que es una mierda y da de comer. A veces me dan ganas de tener un globo aerostático esperándome en la terraza de ésta ...¿fiel?... dependencia pública y salir en vuelo sagáz (?) e intrépido (?!) hacia el más recóndito de los carajos. Pero no hay estacionamiento para globos. Son re caretas estas gentes. Encima tengo que venir con una camisa ridícula y espantosa que me queda como el orto. Pero ya la voy a prender fuego, y voy a venir con la camisa toda chamuscada y que la chupen todos. Si, leyó usted bien. TODOS. Ni escribir quiero, por eso este post es una mierda.
Siguiendo con la línea de la frescura (a propósito, que una publicidad de chicles me hable de "la LINEA de la frescura" es un poco sugestivo, ¿no? ¿qué onda, te comés un chicle de esos y es como tomarte una línea top?), la cuestión es que nada pasa por aquí, y me pondría a escribir letras, pero se me bloquea el cerebro de paja. Paja paja paja. Mental, corporal, espiritual, comercial, racional, excepcional, atróz, violenta y asesina paja.
Chau, hasta más luego.

10/9/08

Kill the King (Rainbow)

http://www.youtube.com/watch?v=7KHnaswsMik
Danger, danger the queens about to kill
Theres a stranger, stranger and life about to spill
Oh no, move me out of harm I need a spell and a charm
Fly like the wind Im no pawn, so be gone, speed on and on
Kill the king Tear him down
Kill the king Strike him down
Power, power it happens every day
Power, devour all along the way
Oh no, move me out of harm
I need a spell and a charm
Fly like the wind
Im no pawn, so be gone, speed on and on
Kill the king
Treason, treason, the specter looms again
Treason, treason, the realm is safe and then
Oh no, move me out of harm
I need a spell and a charm
Fly like the rainbow
Im no pawn, so be gone, speed on and on
Kill the king
Tear him down
Kill the king
Got to take his crown
Kill the king
Hell rule no more
Strike him dead
Hell rule no more
Strike him dead
The people roar
Kill the king
Take his head
Down, down, down, down
Oh, kill
Oh, kill
Oh, oh

3/9/08

Acidéz mental: qué bueno que no hay antiácidos para ésto. Y si los hay, qué bueno que no los conozco. A nadie se le ocurra decirme cuál o cuáles son, porque los cago a patadas hijosdemilputas.
Hasta más luego.

Peso pesado (a veces)

Hay días en los que creo tener toda la fuerza para hacer todo que sea que se me cante el forro de las pelotas. TODO. Lo que quiera, sea imposible, impasible, imprescindible o inútil. Me da igual: el mundo en la palma de mi mano. Lo femenino en la punta de mis dedos. Soy todos los que soy al mismo tiempo, las más de mil caras de mi moneda: puedo hacer todo a mil maneras; puedo romper tu corazón.
De golpe bostezo y bostezo, y sigo bostezando y se para el universo y se detiene todo en ese bostezo: el mundo entra en mi boca, entero, enterito, con todo lo que tiene adentro. El mundo en mis muelas. Lo femenino en la punta de mi lengua, y sigo caminando y escupo un trozo negro de noche de ayer. ¡Qué sabor espantoso que tienen las noches de ayer al otro día! Llego a una esquina, y mientras espero el semáforo me doy cuenta de que estoy muy cansado, de que me tiemblan las piernas y de que si hubiera una cama en cada esquina, éste día duraría treinta y seis horas. Callao y Libertador es un lugar de mierda. Entonces pienso en el pedazo de siesta que me voy a dormir cuando llegue a mi casa, sabiendo que cuando llegue lo que menos voy a hacer va a ser dormir: el mundo, con su peso y el de todo lo que contiene sobre mis espaldas, yo un émulo maltrecho y tercermundista del Atlas de la antigua Grecia, condenado a soportar el peso del globo (¿o era el del universo?) sobre sus hombros. Y qué ganas de tirar el mundo con sus miserias y las mías a la mierda. Pero ya terminé mi recorrido barato de la mañana y quiero terminar el de mañana también, para no tener que venir hoy. Lo único que me interesa es sacar Montevideo bien sacado para mañana, para que empiece a sonar de una vez así Josengo no anota en el Cuaderno de su Verdad nada sobre mi desempeño. Eso quiero, y de una vez por todas una buena banda; encontrar gente que no encuentre más importante el cómo que el qué, que en éste caso sería no tocar diez minutos y fumar treinta, sino al revés o más que el revés; una banda en la que no sienta, como Atlas, el peso de todo ése universo (¿o era el del globo?) con todas las guitarras y pedales y cables y teclados y arreglos en mi cabeza que contiene en su interior, sino en la que pueda sentir ése mundo en la palma de mi mano y en la punta de mis dedos, en la punta de mi lengua y en la paz de una canción terminada. No puede ser tan difícil. Algo debo estar haciendo mal.


2/9/08

Por las deudasss...

Estoy empezando a pensar que debo estar convirtiendome en un Emo. Quizás lo fuí siempre y nunca lo supe... Ya lo veo venir: despierto un día (un domingo, sin duda alguna) y estoy vestitido con una camisita de esas de colores pálidos, camperita azul o negra simil gimnasia, colgante de púas, piercings en cejas, orejas, naríz y por ahí, el pelo bien Joven Manos de Tijera. Y los ojos, obviamente, delineados, delineadísimos... Pero por suerte estoy escuchando Black Sabbath (Heaven and Hell). A la mierda.
Por las dudas no me pienso sacar la campera de cuero, no sea cosa que...

Trombas

Viajo en el 168 hacia no sé dónde, sentado en el anteúltimo de los asientos individuales. El cielo tiene ése color gris plomo que tanto me alucina: disfruto más de esos matices que de los días "lindos". No se trata de ningún tipo de fatalismo ni nada por el estilo, sino que simplemente los disfruto. Me gusta que llueva, y más aún salir a caminar bajo la lluvia.
Las imágenes son un poco confusas, los lugares poco precisos. Sé que estoy subido a ése colectivo, sé que de alguna forma estoy por La Boca, y que estoy yendo a hablar con No Sé Quién de No Sé Qué Asunto Muy Importante. Tomamos una curva y estamos bordeando el río, sin guarda rail entre éste y el camino, que me parece es de tierra ahora. Cielo de metal, alma de cristal, colores suspendidos en recuerdos. Divaga mi inconsciente por lugares que nunca quiero recordar y siempre creo desconocer, y mi cabeza se apoya en la ventanilla justo para que pueda ver, allá no tan lejos, un tromba que baila feroz, esbelta, majestuosa sobre el agua.
No puedo decir que llegué, más bién simplemente estaba ahí y No Sé Quién resultó ser Ramiro (que ahora que lo pienso hace como un mes que no sé nada de él), pero No Sé Qué Asunto Muy Importante sigue siendo un misterio de éste lado de la vigilia, una de ésas intrigas de balbuceos itinerantes.
Otra vez 168. Calles de Caminito, y pasar cerca de Magallanes y la vía y reconocer el lugar, que por ahí ensayábamos. Ahora estaba yendo a tratar el mismo asunto con Algún Ser, que era la tercer arista de este triángulo pacto, del Acuerdo No me Acuerdo de Qué. De vuelta bordeando el río, y dejo de estar en La Boca sin dejar de estarlo. Nada que me haga pensar en Caminito, nada que reconozca, salvo el ocre del agua sufrida de ése río que casi no lo es más, y el cielo plomo, el gris tormenta libertad, agua sobre agua que nunca más volverán a ser puras. Ésta vez iba sentado del lado derecho, y el colectivo giró hacia la derecha para que yo puediera ver de nuevo esa majestuosidad eléctrica, ésta vez de dos trombas que con más violencia y más cercanía desparramaban aguan y cielo de las superficies, como si estuvieran haciendo una gran escena, como si estuvieran descargando su furia sobre un tablero de ajedréz perdido, sin reina ni peón, como impotentes, como encerradas en medio de ése río ocre culpa.
Algún Ser da vueltas sobre lo mismo, que sí, que no. Al final logro convencerlo de No Me Acuerdo Qué, y otra vez colectivo rojo para bajarme de éste lado de mi espejo y llegar corriendo al subte para tomarme el de las ocho y media.







1/9/08

Domingo, serpientes, Brenda y Gato y abuelos.

Los domingos suelen ser una mierda, sobre todo después de las seis de la tarde.
Amanecer al mediodía de un día hermoso duele. Son esos soles de brisa dulce, de barrio de casas bajas, de mediodías en familia.
Salgo del letargo de mi cama, adormilado, con tres serpientes enroscadas en el cuello. Me visto, abro la puerta del lavadero, le doy de comer a mi gato y me siento: las serpientes aprietan bastante y me duele la cabeza. Salgo a caminar con Brenda por ése barrio de mediodía, un rato a la plaza, y me siento a escuchar la calma de éste día sentado en el banco, en mi banco, mientras Brenda da vueltas por ahí. Es extraño, pero nunca entra al arenero. Ése sol todo lo baña: es hermoso. Y sin embargo duele. Veo pasar un cincuenta, muy rápido para éste día a ésta hora, y recuerdo que siempre pasan muy rápido, cualquier día a cualquier hora. Miro para atrás y Brenda sigue por allí, como revolotenado.
Al respirar hondo, una serpiente pierde fuerza y cae al suelo justo cuando pasa un ciento uno (tanto o más rápido que el cincuenta): la pateo rápido y con fuerza debajo del colectivo, sintiendo su peso muerto en la punta del pié, la aspereza de su piel de ayer hecha de retazos de sueños y restos de mi almohada. Cae justo debajo de la rueda de atrás. Bingo.
Pienso que en breve estaré arriba del cuatro viajando a lo de mis abuelos y las otras dos serpientes (acabo de darme cuenta de que no encuentro sinónimos de serpiente que no sean víbora o "bicha" -término de mierda si los hay-. A veces pasa) presionan con más fuerza mi cuello, y una lo hace también en mi hombro izquierdo. Brenda juega con un perro y yo pateo el suelo, muerdo el cielo, y pienso en que voy a volver a mi casa cerca de las seis o más tarde, cuando todo ese sol y ese cielo hermosos estén muriendo ya, después de haber compartido un almuerzo extraño con mis abuelos, que ya no son los mismos que conocí.
El ritual se volvió un mero formalismo, y siempre termino esperando eso que ya no hay más, que ya se acabó hace rato.
Verlos dejar los colores de los que recuerdo estar hecho me hace tomar conciencia de la cercanía de la muerte, de su muerte. Temerosos por no sufrir, no se dan cuenta de que están viviendo el sufrimiento, de que ésa es la manera más efectiva de sentir dolor. Pienso ésto y me pregunto qué haré yo al estar en ése momento. Acto seguido me pregunto si llegaré, y me doy vuelta y perdí de vista a Brenda, a quien igualmente seguía con la vigilia de mis oídos. La llamo con el llamado al que sólo ella responde, y ya la tengo corriendo hacia mí con ganas de jugar. Sé que cuando lleguemos a mi casa volveré a salir, y ella me pedirá con la mirada que me quede, que no la deje sola.
Cuando llego a mi casa (Brenda siempre alerta a mis movimientos: sabe que en cualquier momento viene su súplica, su monólogo) voy a la cocina, busco la pipa, la lleno, y mientras me fumo un cuenco entero, bien prensado, con un tramontina acuchillo a una de las dos serpientes, que intentaba llegar a mi cabeza. La oigo sibilar y me apresto a quitarla rápido de mi cuerpo, antes de que su sangre fría salpique mi cara. Aunque mis manos estan empapadas del líquido fétido y frío, y los pedazos se retuercen en el suelo. La puta madre, se mojó la pipa. El gato mira con ojos peposos los restos de boa, o yarará, o lo que mierda sea que sigue retorciéndose y sibilando en el piso, mientras la muerde y rasguña. La serpiente que queda deja de apretarme y acerca su cabeza a mi oído, diciendo con voz casi susurrada "Nunca te vas a librar de mí." Pero me chupa un huevo lo que me dice, todos los domingos me dice lo mismo la pelotuda.
Limpio la pipa, me tomo un ibuprofeno quichicientos, y me pongo gotas en los ojos, por la ficha, pa´que no salte, vió.
Brenda me miraba desde el sillón, intuyendo tal vez que me estoy por ir. Y quiero fumar un pucho. Mientras, resuena en mi cabeza Mano a mano: "Rechiflao en mi tristeza, te evoco y veo que has sido. En mi pobre vida paria, solo una buena mujer..." Igualmente, me resuena de gusto nomás, porque no tengo ni vida paria ni una historia con ninguna mina como la que describe ése tango.
Brenda me mira con cara ya, no te vayas quedate parece decir. La acaricio y al gato, y antes de salir me calzo a la cintura la espada que cuelga de la pared arriba de la puerta.
En mi ventana, un grito pegado al vidrio mira hacia afuera. Salgo de nuevo al sol que quema la piel, más por la certeza de que me voy de mi casa y dejo solos a mis animales, y en el fondo siento que tengo ganas de quedarme en casa, disfrutando de la luz que entra por mis ventanas y de Brenda y Gato, y mis guitarras. A mitad de cuadra me doy cuenta que olvidé el escudo. Vuelo y lo agarro con desdén, entrando por la ventana que con mucha bronca me doy cuenta dejé abierta. Salgo de nuevo y le hago señas a un taxi que pasaba por ahí, que siguió de largo. Hijo de puta, forro de mierda pensé. Pero claro, ¿qué tachero le va a parar a alguien con una espada de casi un metro sesenta de hoja y un escudo de acero pulido con una insignia de sol y luna? Ni hablar de la serpiente, que dormía ahora y habia dejado de apretar. Hijos de puta pienso de nuevo, mientras me iba camino a la parada del bondi. Espero. Espero. Sigo esperando. Veo un cuatro en la hondananza. Le hago señas... Para en el semáforo, y la puerta que no se abre. Yo parado en la puerta como un perrito. Como un perrito con espada y escudo de guerra. Y una serpiente. Le golpeo el vidrio y me mira y me dice que no con la cabeza. Entonces sí, ya no aguanto. Me alejo dos o tres pasos y destrozo el vidrio de la puerta con el escudo, subo, los ojos inyectados en sangre y la serpiente que se despierta y empieza a apretar y no me deja pensar. "¡Noventa!" El chofer me mira, y hace un ademán con la mano izquierda: de golpe desaparecen colectivo, personas, calle, Coto de la esquina, todo. La nada ante mí, todo blanco que quema la retina, que duele en los ojos. Y pienso en Brenda y Gato, en mis abuelos que deben estar esperándome.
Cuando reacciono, el mago estaba detrás de mí, aunque era tarde. Logró golpearme y siento cómo me desvanezco, mis ojos se cierran, la temperatura sube... Pero no me entrego y salto sin que ni yo lo espere, y con la última chispa de fuerza corto la cabeza del mago que cae al suelo, y su cuerpo se hace serpiente que repta en ésa nada sin fin. La sigo hasta una grieta en el gran blanco, y me doy cuenta de que mi serpiente ya no está más en mi cuello, y entonces comprendo dónde estoy, y siguiendo al ex mago, bajando por grietas de colores y gritos y gemidos y sueños, doy con el filo de mi almohada, y el sol inconfundible del domingo al mediodía que entra por mi ventana me hace arder la piel. Qué mierda que son los domingos. Me levanto, me visto, le doy de comer al gato y tres serpientes enroscadas en mi cuello, y Brenda que quiere salir. Mientras, ése sol del domingo me hace doler los ojos como ésa nada, y en la calle un desfile militar desafina consignas que nadie quiere escuchar pero todos repiten por las dudas, no vaya a ser cosa que, y tres viejas festejan y se abrazan al tiempo que yo subí en un remolino y me voy lejos, donde nadie me dañe, donde nada me moleste, a la casa de mis abuelos a abrazarlos y sentir que falta poco, que ya no queda mucho más.

1/8/08

"PERON PULE. EVITA PLASTIFICA".

31/7/08

Canción (ni bien pueda grabarla, podrá escucharse`)

Buscando una salida a la eternidad,
un punto de partida a la nada,
encuentro melodías casi olvidadas.
Y pienso si algún día me animaré a cantarlas.

Salgo por mi ventana, salgo a caminar.
Buscando un laberinto para olvidarme.
Y cuando miro hacia atrás para ver, ya no hay nada.
Y sigo caminando, rumo a encontrar lo que amo.

(Estribillo)
Cuando voy a buscarme no estoy más: ya me fui.
Reflejos en el agua del que soy, quieren verme.

Eterna Gente Oculta

Espíritu inquieto: ¡necesito rock! Hace un año más o menos que se separó Ego. La mejor banda de la que fui parte. El proyecto de mi vida. Ego: su nombre, desde el génesis mismo, llevaba impreso su destino, la autoaniquilación. Lucha de cuerdas tensas, tensandose cada vez más hasta cortar respiraciones, partir almas, doblegar intenciones, desatar tormentas.
G.M. y yo nos conocemos desde los diez u once años. Nos conocimos en el Labardén, y a los doce soñábamos con armar una banda. Yo siempre fui medio barrilete, y recuerdo que los nombres que proponía para el proyecto eran rechazados, casi vomitados, por el tinte bizarro que yo les daba (a todas las cosas en realidad).
Siempre nos peleamos por algo con G.M. Siempre competimos porque sí, por ser nuestros temperamentos tan similares. Y encima yo, que soy un búfalo. Siempre discutiendo quién tenía la razón, quién tenía la opinión de más peso, quién sabía la forma correcta de hacer las cosas, quien la tenía más larga.
A los trece años dejamos de vernos. Yo no paraba de escuchar Queen y Aerosmith (era lo único que escuchaba, y escuhé los mismos discos durante casi dos años, todos los días, todo el día. Años más tarde escubrí que eso haría con cada cosa que escuchase. La obsesión es la amante tortuosa del músico, debe ser su forma, junto con el desapego.). Aerosmith: primer legado de G.M.
Yo repartía mis dias entre el Iva y la escuela y tocar: me levantaba a las ocho de la mañana, llegaba a la escuela a las nueve o nueve y media (nunca me quedé libre: me chupaba tanto un huevo, que siempre encontraba la forma de zafar de las medias faltas. Justo ahora recuerdo a una profesora de biología, la "Señora/Señorita" Azcárate... que, además de ser una Señora Muy Bien, creo que debía tener las orejas a la altura de los omóplatos de tantas estiradas que se había pegado: siempre imaginé que tenía una especie de tuerca en la nuca, que se ajustaba cada tanto, cuando la piel, o eso que hacía de, empezaba a cederle. La cuestión es que ésta mujer siempre hinchaba las pelotas, con ése tono de Maestra Ciruela Pasa, con lo de las llegadas tarde-para colmo la tenía siempre en las primeras horas-, que "qué mala costumbre la del horario, que qué haríamos -que qué haría yo, pero dicho con cobardía- cuando trabajemos, porque llegaríamos siempre tarde nos decía a todos cada vez que yo llegaba tarde, que "no era un club: era una escuela", siempre con ese dogma de escuela secundaria, de bachillerato público -púbico- que alista soldados para las oficinas del centro, para las dependencias también púbicas. Y, lamentablemente, en eso tenía razón: nunca llegué a horario a ningún trabajo.), salía las doce, llegaba tipo una a mi casa, si es que no me quedaba con Liova escaviando o fumando en la plaza, o ambas, y hasta las nueve o diez de la noche, que paraba para comer, me quedaba tocando, sacando algún tema a veces (recuerdo cuando saqué Lazy: estuve dos semanas pegado al equipo, retrocediendo, escuchando nota por nota, con mi amante tortuosa enlazada a mis espaldas y mi perra acostada bajo mi silla). Después de la cena, otra a vez a tocar, hasta las dos o tres de la mañana, y así todos los días, salvo los que tení Iva, que cortaba a las seis y volvia a las diez para comer y seguir tocando hasta las dos o tres, o las cinco algunas veces.
Una mañana de invierno (me llevo de maravillas con ésta estación, a pesar de haber nacido en enero), me bajé antes del bondi. Nuca me bajo antes de o después de ningún bondi. Mi cuerpo sabe las distancias y los tiempos. Pero ése día no. Me bajé antes del bondi y caminé por Libertad, desde la plaza de Tribunales, completamente dormido, mis pelos tapándome la cara del frío. Escuhé una voz que me nombraba, preguntándome mi nombre, buscando una afirmación. Cuando me di vuelta, era G.M. Estaba pasando por la puerta de su colegio. Nos saludamos, nos preguntamos si estábamos tocando, nos confirmamos nuestros teléfonos, y nos despedimos.
Ese día estuve aceleradísimo todo el día. En el baño estaba en silencio, aparentemente indiferente a todos mientras el porro pasaba, y fumaba hasta mis dedos y lo pasaba, y pensaba.
Hacía varios días que no podía dejar de pensar en música, y no tenía banda ni músicos y quería tocar, necesitaba tocar, lo deseaba como nunca desée nada ni a nadie, como sigo deseándolo ahora, como lo desée desde que un dí en Australia, con catorce años, entré a una casa de música a comprarme una armónica para tocar blues. Y haberme encontrado con G.M., ése día, de ésa forma... Las cosas son como deben ser, y pasan cuando tienen que pasar. No hay casualidades: hay causalidades. Así pasan las cosas en mi vida, y en la de todos, aunque muchos no quieran o no se animen o no sepan escuchar y ver el mundo, escuchar y ver sus cuerpos. De éso hablo cuando hablo de rock, y cuando digo que Miles tenía mucho rock encima, así como Coltrane, o, por qué no, el gran Wes. Y se escucha en sus músicas.
A los tres o cuatro días, o a la semana, no me acuerdo bien, nos juntamos. Yo conocía a un batero (que después devino en cantante y con el cual ahora estamos peleados, o él está ofendido conmigo, producto de ésa venenosa ensalada de egos que fue Ego) y a un tecladista, Chapa, que tenía un quiosco (sus padres) por Constitución, en cuyo sótano nos juntábamos, casi todos los díoas a veces.
Pedimos una batería prestada, G.M. llevó su ampli de bajo, y yo usaba el Peavy de 100W de teclado de Chapa, que tenía como cuantro entradas. Y ése lugar fue nuestro templo.
"Ensayos" interminables, de más de cuatro horas, siempre coronados con unas pizzas de Ugi´s, local que lindaba con el quiosco y se comunicaba, sótano mediante, con nosotros.
Hermosas historias, de ésas que no se cuentan por ser sólo de uno pocos, por no tener ningún tipo de entretenimiento para terceros, o para cuartos.
Y ése lugar fue nuestro templo, pagano, páganísimo, hermoso, Nuestro. Hasta que las melodías se ensuciaron, como pasa con todo ("nuestra estrella se agotó, y era mi lujo"), y las cosas dejaron de ser lo que eran. Todo eso cambió sus formas.
Se empezaron a plantear formas de ver las cosas distintas, y Chapa que era muy barrilete, y que N. ya se había ido, porque para él la bata "era un hobbie". Pero G.M. yo siempre fuimos muy en serio con las cosas. Hasta con los juegos. Estuvimos un año sin batero, hecho que hizo que sea toda super tedioso, y siempre Chapa en el medio de nuestros tironeos de cuerdas con G.M., hasta que grabamos Frágil melodía, y todo terminó. G.M. encontró otra banda, yo empecé a tocar con Humus (en detrimento de su nombre, proyecto etéreo y fugáz, de egos dizfrazados de humildad, de estar tocando en River en la casa del batero... Un mes nomás. Justo cuando en ese intervalo de Ego y el comienzo de Humus, se iba Tania), y después Prisioneros del Destino, banda que no me gustaba musicalmente, con la que no comulgaba, pero en la que tenía mucha libertad, y con la que salía a tocar muy seguido. Tenía 17 años.
Después de casi un año, comenzaron los guiños con G.M., los acercamientos (las bandas son como un matrimonio), y después de probar varios bateros, y cantantes, y demás peleas y charlas y idas y vueltas, tres años después de pulir temas, componer, pensar, repensar y demás, salimos con la primer fecha, con batero devenido en cantante, en Loca Bohemia. Un mes después, una fecha más, con cantante nuevo. Y nada más.
Y esas historias hoy son mis lugares, y esos lugares hoy son mis templos. Y necesito rock.

30/7/08

La entrada anterior quedó inconclusa. De golpe un vacío, un blanco en mi mente. Viento de tormenta que erosionó mis pensares; traición de la memoria, tretas de la imaginación. Viento: Eros, erosión. Qué cercanía ¿no? Eros me erosiona.
A veces las cosas están tan cerca que no las vemos. Es fácil encerrarse ("La iglesia, la escuela, el banco, y el cementerio al final: tanto cielo, y mirá vos cómo te encerraste", diría Minimal, o Sanzo. No sé quién de él, tal vez los dos.). Es muy fácil ver que todo es una mierda. Es el costado más simple de todo, el lugar más común que conozco. Hasta me atrevo a afirmar que caminamos, las personas, por ése costado de forma natural, sin siquiera pensarlo. Y no hay cosa que me moleste más que los lugares comunes porque sí. Lo difícil es lo otro, lo bello, lo distinto, lo que queremos ser. Elegir el lugar: estoy cansado de cruzarme con gente que no conoce otro lugar, otros lugares más que los comunes. Muy lejos de volar, reptan. No eligen. Tampoco permiten que uno vuele, o intentan bajarlo a uno de los pies, de las piernas, con todo el peso de sus cuerpos.
Lo que quiero ser. Cambié mi dolor por poder. Poder crearme a mi propia imagen y semejanza. Soy mi dios, mi tiempo, mi música; creé y creo en mis propias deidades: construí sus altares día a día, tiempo a tiempo, cada cosa cada día. Somos nuestros artesanos, y así arranco mis pieles día tras día: necesito cambiar. Me despego, o lo intento (no dejo de ser una persona). Desapego. Qué simple que es apegarse a las formas, a lo que conocemos o creemos conocer, a aquello que nos da seguridad. Y hoy cambio todo eso, todo ése mundo de años de pensar y sufrirme pensando (tanto pensar termina llevando de forma inefable a la inacción: es ley.), ése mundo de la seguridad de las afirmaciones, de buscar confirmaciones y refutar y acomodar mi mente a lo que "debería ser", porque "la razón" (y no el diario, eh...) es una mierda (También el diario.), por la certeza incorruptible de que soy y seré. La duda, Las Dudas, que son casi como mis Erinias, dieron paso a la indiferencia, a ese "nomeimporta" mirando de reojo, como midiendo hasta dónde dejo que las cosas y las personas lleguen, que las cosas y las personas se vayan.
"Desapego no es desamor", leí por algún lugar, escrito por una mujer de la cual sólo sé su tatuaje. Eso, y que si un hombre le importa, le cierra todo menos sus piernas, o algo así. Corazón Coraza. Hasta el Desapego es una forma a la que nos apegamos. "Desapego no es desamor". Suena a ideal, y sin embargo es tan posible, tan cercano, tan probable (de probar en el sentido de saborear), tan real... Es como sentir en el paladar el fondo del sabor de lo que quiero degustar: todo siempre ahí nomás, tan cerca que no lo alcanzo.

Decía entonces que dejó ver más de lo que había imaginado, que fue como si hubiere vista a través de sus ropas. Ya por el cuarto escocés no sentía la lengua de lo liviana que estaba. En realidad no recuerdo si estaba liviana o pesada. Sólo recuerdo que no la sentía, y que las palabras salían de mi boca solas. Habíamos estado hablando de cosas nimias, como en la superficie, los dos tratando de flotar en ése lugar, tan cómodo para ambos.
Eran cerca de las diez. Habíamos estada hablando por horas, mis remolinos cada vez más intensos, más furiosos, alimentados por cada sonrisa, por cada mirada, por cada silencio. Se levantó para ir al baño. La ví irse y preferí correr la vista rápido: no podía creer lo que veía. Trataba de dudar, de convencerme de que aquello que estaba viendo era una exageración, un exacerbo de mis percepciones, producto del alcohol y de la calentura, que encima a vaces se juntan. Pro cuando la ví volver dejé de dudar, apuré el vaso, y antes de que se sentara me levanté, la agarré firme pero suave del pelo y le comi la boca. Fue el beso más intenso que dí (y que me dieron). Cuando separamos nuestras caras, me miró con los ojos brillosos, la boca entreabierta, la respiración entrecortada. No nos habíamos revelado nuestros nombres todavía, hacho que yo disfrutaba demasiado, por alguna desconocida razón. Pero de seguro perversa.
"Me tengo que ir" me dijo. Le pregunté irónico si intentaba que le insista en se quedara conmigo. Me dijo que no, que quería irse; estaba nerviosa y éso la hacía mas hermosa todavía: la dejaba desnuda, inocente, adolescente. La miré fijo a los ojos. Intentó correr la mirada pero conseguí que no lo hiciera. Pagué y salimos. Ni bien hubo pisado la calle, paró un taxi y se subió. Me quedé atónito, petrificado (diría que duro, pero aunque el whisky, no comulgo con ese estado). Encendí un cigarrillo, y pensé que no me había dado tiempo. Empecé a caminar hacia ningún lado, el viento frío golpeándome la cara, como queriéndome hacer reaccionar. Cuando salí de mi letargo, ya en mi casa, me dí cuenta de que el tiempo me había sobrado. Había tenido tiempo de sobra, y no había sabido qué hacer, más que sostener una postura. Eso, y desperdiciar una hermosa oportunidad, tal vez la más hermosa, tal vez la última.

29/7/08

No fue un acto racional. Estaba caminando por el centro. Florida y Córdoba, y el flujo de mierda de todos los días, todo atestado de personas que van y vienen y vuelven a ir, todos para cualquier lado, apurados, desesperados, duros, quemados, en paz. Pero simpre agobiantes. Eran casi las cuatro en punto cuando la vi entre la masa informe de gente: un par de ojos negros entre la nada que es ese todo asqueroso. La miré y me miró, y corrió la mirada. Sentí un remolino en la panza y en la pija, y cuando me quise dar cuenta había caminado ya dos cuadrass siguiéndola, pensando una forma de encararla. Reparé en ésto justo cuando un semáforo marcaba el sístole del tránsito, y toda la marea humana se detuvo en el límite entre la vereda y la calle, emulando casi a una legión arcáica en el frente de batalla, esperando la orden para atacar. Pensé (mentira: no pensé un carajo.) que era ahí y entonces, avancé los tres pasos de distancia que nos separaban y puse mi mano en su hombro. Se dió vuelta sobresaltada, el pelo castaño tapándole los ojos por un instante. "Sos hermosa. Te tengo que invitar a tomar un café". Ella me miró, incrédula al principio, con los ojos sombríos después, hasta que por fin, después de unos dos o tres segundos (que fueron como horas para mí, habiendo retomado la conciencia de la gente a mi alrededor, sintiéndome casi al desnudo no sólo ante Ella, sino tambien ante ese mar estanco de gente), soltó una carcajada más que cruel, de esas que son capaces de cortar la carne con presición milimétrica y profundidad pasmosa. La gente miraba: un flaco al lado mío me palmeó la espalda y me dio sus felicitaciones entre risas, que "gracias por el show"; una mina que estaba del otro lado me sonrió con sorna mientras cruzaba la calle, mientras todos avanzavan. Todos menos yo, que me quedé parado en la esquina de Florida y Tucumán, mirándo a los ojos a la mujer más hermosa que jamás hube visto (ella se había quedado ahí, mirándome, sin decir nada después de su risa histérica).
"Vení" dijo de golpe. Me agarró de la mano y me llevó casi a la rastra hasta un bar sobre la calle Maipú, casi llegando a Corrientes. No pude dejar de mirarle las tetas en todo el camino. Cuando llegamos, se quitó el saco que llevaba puesto, descubriéndo más de lo que habí pensado. Es como si hubiese podido ver a través de sus ropas.

Tiempo y ¿vida?

Siempre corriendo, enfrentando al viento y queriendo escapar.
Tratando de ir hacia donde va el tiempo, para llegar a ningún lado.
Si todo es tiempo que se va: si todo es mañana
Si nadie se atreve a despertar: no voy a morir sin disfrutar del viaje.


24/7/08

Desvaneciéndome.

¡Quero despedazar el tiempo y adueñarme del espacio! No soporto más el confort. No quiero confort, y sin embargo lo disfruto. “Un poquito más, un poquito más”. Forro. Me siento un pobre forro y un pelotudo. Y la muerte me está esperando en cada esquina, en cada descanso, en cada pausa que me tomo, cada vez que salgo a comer algo o tomar algo y me siento parte de “ese” universo al que sólo un tiempo atrás odié y hoy también odio, pero del que ya soy parte. Entonces me siento muerto, vacío, embalsamado. Es la parte de mí que me odia, es la parte de mí que se odia. Y en laberintos sigo buscando la salida. La concha de Dios.
Dualidad espantosa la de querer y no, la de no querer y sí, y mucho peor la de poder y no querer. Me cago en la seguridad, en la vida resuelta, en mis nueve horas diarias por un sueldo mensual jugoso. Todo eso es una mierda. Siento que vendí mi alma, o parte de ella (gran parte), que soy consumido por el consumo, que consumo mi autoconsumo (qué bueno que no consumo, ¿no?), que mi tiempo es oro que cambio por billetes sucios, impresos con sangre y manchados con mierda. Como todos los billetes.
Y mis melodías huyen de mí. Se van muy lejos, donde no pueda oírlas, para que no pueda encontrarlas más. A veces las encuentro igual, pero supongo que se dejan encontrar en esos casos: me tienen lástima. “Pobre éste infeliz. Vamos a hacerle creer que está vivo”. Y aparecen por mi cabeza un rato, coquetean un poco, se muestran bien perras como las camareras (La Camarera) del bar en el que acabo de almorzar. Pero no me dan nada que calme mi hambre. Sólo olores y sonidos que abren más mi apetito. Me hacen calentar para dejarme en pelotas y salir corriendo. Y así me siento, desnudo, sin nada, tratando de encontrar a ése que quiero y alguna vez supe ser, pero ahora está muy lejos de mí, peleado conmigo, reprochándome mi traición, mi venta, mi entrega, mi confort. Y falta tanto para las seis.

7/7/08

O.M.E.SyA

Tarde húmeda de un lunes de otoño. En la Oficina de Mesa de Entradas, Salidas y Archivo no pasa nada, como de costumbre. Alicia está frente a su máquina, haciendo nada mientras cuenta los minutos para que se hagan las seis, como todos los días presa de su vacío; Martín sigue tan estúpido como siempre, diciendo cosas sin sentido, llamándo la atención como si fuera un chico de diez años, pese a tener más de treinta. German está sin estar. No se hace sentir (salvo ahora que puso música) pero se siente que está, mientras Silvita viaja hacia nigún lugar montada en su nebulosa química, vaya uno a saber qué piensa si es que piensa. De afuera se ve como si tuviera la mente en blanco (aunque siempre desconfío de éste tipo de personas: tengo la sospecha de que están observándolo todo, más que atentos al mundo circundante, como al acecho, escondidos en su supuesta debilidad, esperando el momento preciso...) la mirada perdida, fija en alguna nada atemporal, el cuerpo inmóvil, y pensaría que inerte si nunca la hubiera visto llevar papeles a los pisos superiores, con ese andar acompasado y parsimonioso, secuela supongo de haberse roto el cráneo en un accidente en moto, lejos en el tiempo, allá por sus dieciocho años. Sara se escabulló a una de sus reuniones de gremio, Daniel no vino y Rosana salió a fumar, también como de costumbre, y a tragar su dosis diaria de veneno cuidadamente fermentado en su lugar de origen.
Eran las tres y seis minutos cuando se abrió la puerta. Un hombre relativamente joven irrumpió en el recinto en forma violenta, abriendo la puerta con tal fuerza que la hizo chocar con el mueble que está a la derecha de la entrada (desde mi ubicacion es mi izquierda), con un estruendo que rompió la pantanosa calma de la oficina. "¿¡Quién carajo me atiende!?" rugió la voz del hombre, soltando una ira incomprensible e incontrolable. Desde mi escritorio se ve el mostrador en forma directa. El hombre traía un sobre en la mano derecha, y la mano izquierda y la cara manchadas con sangre.
Alicia se acercó despacio a ver qué pasaba: ni bién hubo entrado en el campo de visión del hombre,
éste saltó el mostrador y sacó del sobre papel madera un cuchillo de unos veinte centímetros de hoja, con el que cercenó la garganta de Alicia sin mediar palabra alguna, salpicando y chorreándolo todo de sangre espesa. El cuerpo de Alicia cayó al suelo de espaldas, los ojos perdidos en algún lugar del cielorraso que era quizás algún lugar de su memoria ya, las piernas moviéndose espasmódicas, involuntarias, por última vez.
Una vez hecho ésto, se inclinó sobre el cadáver de su víctima y arracó su ojo derecho, que masticó compulsivamente hasta tragarlo, no sin antes escupir la lente de contacto como quien escupe el carozo de una fruta o la espina de un pescado.
"¡Gracias!" gritó después como con sorna, y mirándonos a todos los presentes mientras se limpiaba la sangre del cuchillo en los pantalones, se fué silvando un tango de Goyeneche. Todos escuchamos asorados cómo el silvido se iba perdiendo gradualmente en la oscuridad del pasillo; después un grito, disparos, silencio.
Y el reloj marcaba las tres y diéz.

13/6/08

Estratos Emergentes

Todo lugar es siempre el mismo lugar. Estratos emergentes.
Los lugares por los que se transita no son más que representaciones de los mapas del alma.
Capas de piel de esencia; un tubérculo, o una flor, suspendida en el medio de una nada atemporal, el núcleo del espacio.
Sin saber, fui a parar adonde mueren mis realidades, ahí donde nacen monstruosidades.
De tiempos de ayer, mil caras distintas; son siempre las mismas que vienen y van.
Las mismas caras, las mis máscaras: ya no sé quién ser.
No sé cuándo pasó, en qué momento, pero estoy seguro de que no me di cuenta, no medí cuentas. Hundido en mi pantano de barro putrefacto, olor a muerte y la desazón; el color de los días felices es tan lejano hoy, quizá tan lejano como lo era ayer. Y mañana será un viejo día.
Días sin dormir, noches sin dejar de pensar; la conciencia es una tortura a veces (y ni hablar de la inconciencia).
En laberintos busco la salida, pero afuera nada es real. Todo es igual, bajo una niebla permanente, reticente a levantarse, bancos de niebla y niebla en los bancos, todos están muertos, todo es irreal, surreal, y todo está velado, y es que la niebla debe ser el humo fétido de quienes viven y mueren sin sentir, sin pensar, sin estar, ardiendo en el fuego de su hoguera, de la de quienes no comprenden, de quienes no son comprendidos.
Todo lugar es siempre el mismo lugar, y es increíble como se le huye a la lluvia: cuando lo natural exige su derecho propio, su lugar que le fue profanado, no hay justicia que sirva de consuelo. Ley de Leyes para hombres de otros mundos que nunca serán mejores; truco, retruco, vale cuatro y a dormir, que mañana hay función de nuevo: la farsa continúa.
Podridos de mentiras, quien se exima de falsedades que muestre su piel verdadera, su nombre real, sus miserias. Todos ocultamos nuestras miserias, y es ése el cimiento principal de la farsa, la Mentira Suprema, la rosa, el núcleo, la Reina y su bufón, la histeria de la falsedad, el Guión Magistral de la humanidad. Lo real se ve en los espejos, en el reflejo de ésos que somos y no queremos abandonar (porque no sabemos otra forma de vivir, no nos animamos a buscarla), no somos como las serpientes, que no le temen a cambiar sus pieles.
Y lo más cerca que estoy, siempre es muy lejos de lo que quiero.
Se intenta poseer lo circundante cuando no existe posesión de la propia existencia, cuando nadie es de sí mismo. Tener, todo se basa en tener, no importa qué, no importa el precio, no importa como, no importa nada, más que tener: ¿de quién somos entonces?
Sueños, quimeras, mundos mejores, allá o en Más Acá; es fácil soñar lo que no podrá jamás alcanzarse. Es sencillo soñar aquello para lo que no se tiene coraje.
Es fácil decir, todo todo es muy simple. ¿Entonces? Entonces debe ser mentira que es tan fácil todo. Vivir es un don o un tormento, un placer o una carga, un gusto o un compromiso: santos y libertinos, todos ellos de cristal, sentados en la vereda del tiempo con sus mates de cabezas hechos por el artesano jíbaro que decide las voluntades de los dioses, el Padrino detrás del Olimpo, y todo ello porque sí. Porque cuando ya no quedan explicaciones, cuando lo conocido está agotado, cuando ya no puede expresar nada más, es entonces cuando una nueva lengua debe ser creada.
Orgullosos de su orgullo. Así es la gente de ésta galería: vanagloriándose de su peor excusa, como un náufrago que se aferra al primer madero de aquello que antaño nomás fue barco, y que ahora es muerte, muerte, muerte.
Ahora que Pablito me dio lo que tenía que darme, ahora que el humo sube por la sangre, mi sangre una escalera por la que trepa la locura, con ése frenesí que tienen las locuras cuando trepan, ahora que ya es tarde... Pero yo no quiero volver a empezar: quiero empezar otra cosa, una vida nueva, una vida. Mi piel me ésta ahogando ya. Y busco la salida en los laberintos, pero no sé dónde está la flor, la Rosa que subyace, pétalo sobre pétalo, cada pétalo emergiendo del anterior, pétalo, piel, espejos, escaleras y verdades, todo emerge, y gira y se esconde, y en dónde estaré hoy, por dónde emergeré mañana, acetato sobre acetato, piel sobre piel, representaciones, colores superpuestos, y el mapa que no lo encuentro; salidas, laberintos, entradas, ríos y nadas y sal... Ignominias de la Gran Cagada, caminar, subir, bajar, seguir, repensar, buscar, no encontrar, no buscar, encontrar, resistir, sucumbir, renacer, juego sobre juego, perdido por perder, retrocedido nunca pero avanzado jamás, ni arriba ni abajo, sin saber cual es el centro, sucesiones, escalafones, calefones, corticoides, lugares, lugares y más lugares, estratagemas del tiempo, estragos del pensar, extraños en la bruma... Estratos emergentes.

10/6/08

Lo que hace doblegarme mientras hincho el pecho y enfrento el viento que quiere arrancar mi piel

¿Dónde vamos? Siempre me pregunto lo mismo. ¿Hacia donde voy cuando me levanto todos los días para ir a laburar a un lugar que no me gusta, de algo que no me gusta, corriendo una carrera para llegar a ser "alguien" que no quiero ser? Vamos. Todos nosotros vamos. Somos muchos acá adentro. Y todos gritamos a la vez algunas veces. Y muy fuerte.
Despierto de sueños que nunca puedo recordar con claridad. Tengo la imagen grabada en el velo de mi retina: la puerta de hierro, con una de sus ventanas de vidrio armado rota, violentada, ultrajada. Aunque ésta vez no hubo fuego, ni hay ollín ni oscuridad. Pero sí está Brenda adentro, como aquella vez, y de igual manera siento una ansiedad que me socava el estómago y me hace temblar las piernas en un ataque repentino de nervios, que me obliga a pensar lo peor: que ésta vez no pudo escapar; que ésta vez no hubo suerte, o sí la hubo, y era ésa. Trato de abrir la puerta rápido, pero de apurarme se traban mis dedos y no tengo más remedio que intentar bajar un poco, pero es imposible teniendo una fuente de adrenalina en el pecho que está apunto de ahogarme.
Intento abrir la puerta, pero lo hago tratando de encontrar otra manera (siempre, hasta en las situaicones mas extremas, buscando el camino más difícil, más largo: como si así fuera a ganarme algún tipo de cielo): en lugar de usar las llaves, meto la mano por el agujero hecho en el vidrio armado por ésa mierda de ser que seguro mató a mi perro y que no tiene forma: sólo una sombra o un cuerpo, o un humo, o solamente nada.
Logré abrir la puerta y ya estoy adentro de mi casa, allá en un pasado SanTelmo o Barracas, nunca lo supe con exactitud, ahí en el tiempo que ya pasó y que sigue siendo mi tiempo, mi casa, mi barrio; mi perro. Pero una vez adentro ya desperté, y el resto no es verdad porque no es sueño ya. Veo la imágen de mi perro tendido en el suelo, de Brenda inanimada, de Brenda que ya no es más perro y ahora es cadáver, pena, recuerdos, dolor. Así continúa el sueño cuando me despierto, con esa imágen recurrente, ése lugar común al que viajo en miedo, el miedo a perder lo que amo y a quienes amo; el miedo a perderme en el miedo a perder... Y así otro día más, sin casi disfrutar, haciendo por temor a perder mientras me pierdo de disfrutar. Lo que no haga hoy dejaré de ser mañana, y el tiempo nunca alcanza (como si fuera algo a disposicion de las personas. Y es que ESTAMOS hechos de ése tiempo al que pretendemos doblegar, domar, "aprovechar".)

Destrozo pedazos de sueños todos los días. Los arranco con las muelas, les clavo los colmillos hasta que ya no los recuerdo. Mientras mis oídos zumban y piden a gritos que pare y duerma, que qué escucho cuando escucho. Zumbidos. Zumbidos como antenas hablando fuerte.
Mi paranoia. No sé si es paranoia o si es verdad. Y siempre pensando que ya está por pasar, que todo está yendo muy bien: "estáte atento, no bajes la guardia" me digo todo el tiempo. Como si todo estuviera a punto de desaparecer. Como si siempre estuviera a punto de perder todo, me pierdo. Y ya suena otra vez la alarma que marca el "comienzo" de un día " nuevo", y estoy de nuevo desayanando un sueño amargo, difícil de morder, masticando un aire espeso mientras me voy a dormir para soñarlo de nuevo.



21/5/08

Que sea la verdad que encuentre al salir del día

Insomnia Fatal: la verdad derramada en la puerta de la heladera. Y el vacío que produce escuchar tu voz no me deja pensar en otra cosa más que en que no puedo pensar en otra cosa que no sea escuchar tu puta voz. En cuántas cabezas estarás hablando ahora...
Siempre que llueve pasa lo mismo: todos se escabullen como ratas huyéndole al ultrasonido.
Como si cayera ácido del cielo. ¡Idiotas! ¿No ven que es solo agua? Siempre que llueve pasa lo mismo: me acuesto, me respiro, me huelo y me siento; me relajo y me regalo un rato de paz, escuchando la lluvia hasta dormirme... y así pasan horas de lluvia que no lava mi insomnio. Y el ruido infame de tu voz, que apenas recuerdo ya, que apenas distingo entre los tantos ruidos que habitan el silencio. Pero sé que es tu voz que me habla y me habla, y lo hace en idiomas que aún no conzco. Y cada vez que aprendo, cada vez que consigo entender, la lengua es otra. Lengua áspera que lame y raspa los significados de las palabras hasta desgastarlos y dejarlos sin música y sin voz, y los hace parte del silencio, de ése silencio que hace ruido y más ruido en el norte de mi cama, desprotegida, desprovista de cielo.
Es una voz sin cara la tuya. Sos casi una sombra que habla, y habitás rincones míos que ni yo conozco; es una voz sin cara la tuya, que viene de tiempos por llegar, que canta melodías mágicas e irreproducibles. Pero que no se olvidan ni se callan.
Pasan las noches, con lluvia o sin ella, con luna a medias o del todo, con sol... Pero el silencio no se calla. Mejor dicho: vos no te callás. No callás tu puta voz, que andá a saber en cuantas cabezas estará hablando ahora.
Una vez casi veo tu cara, pero lograste despertarme antes. Si, lo recuerdo muy bien: el filo de la mañana casi cortó tu sombra, y vos gritaste muy fuerte, tan furerte que hiciste que la luz se asustara y huyera. Y yo desperté en medio de mi rutina, otra vez en la calle, cantando tus melodías enroscadas en espirales de marfil, que son las mismas que hacen mover mi hilos por las tardes cuando vuelo. Que son las mismas que canta mi voz cuando canta, y es que tu rostro no es más que el mío; el de ése que seré, que me espera del otro lado del camino, ahí donde se empieza a caminar.