No fue un acto racional. Estaba caminando por el centro. Florida y Córdoba, y el flujo de mierda de todos los días, todo atestado de personas que van y vienen y vuelven a ir, todos para cualquier lado, apurados, desesperados, duros, quemados, en paz. Pero simpre agobiantes. Eran casi las cuatro en punto cuando la vi entre la masa informe de gente: un par de ojos negros entre la nada que es ese todo asqueroso. La miré y me miró, y corrió la mirada. Sentí un remolino en la panza y en la pija, y cuando me quise dar cuenta había caminado ya dos cuadrass siguiéndola, pensando una forma de encararla. Reparé en ésto justo cuando un semáforo marcaba el sístole del tránsito, y toda la marea humana se detuvo en el límite entre la vereda y la calle, emulando casi a una legión arcáica en el frente de batalla, esperando la orden para atacar. Pensé (mentira: no pensé un carajo.) que era ahí y entonces, avancé los tres pasos de distancia que nos separaban y puse mi mano en su hombro. Se dió vuelta sobresaltada, el pelo castaño tapándole los ojos por un instante. "Sos hermosa. Te tengo que invitar a tomar un café". Ella me miró, incrédula al principio, con los ojos sombríos después, hasta que por fin, después de unos dos o tres segundos (que fueron como horas para mí, habiendo retomado la conciencia de la gente a mi alrededor, sintiéndome casi al desnudo no sólo ante Ella, sino tambien ante ese mar estanco de gente), soltó una carcajada más que cruel, de esas que son capaces de cortar la carne con presición milimétrica y profundidad pasmosa. La gente miraba: un flaco al lado mío me palmeó la espalda y me dio sus felicitaciones entre risas, que "gracias por el show"; una mina que estaba del otro lado me sonrió con sorna mientras cruzaba la calle, mientras todos avanzavan. Todos menos yo, que me quedé parado en la esquina de Florida y Tucumán, mirándo a los ojos a la mujer más hermosa que jamás hube visto (ella se había quedado ahí, mirándome, sin decir nada después de su risa histérica).
"Vení" dijo de golpe. Me agarró de la mano y me llevó casi a la rastra hasta un bar sobre la calle Maipú, casi llegando a Corrientes. No pude dejar de mirarle las tetas en todo el camino. Cuando llegamos, se quitó el saco que llevaba puesto, descubriéndo más de lo que habí pensado. Es como si hubiese podido ver a través de sus ropas.
29/7/08
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1 comentario:
Vaya, toda una grata sorpresa encontrárselo en esta urdimbre de bytes y palabras...
Llegué aquí siguiendo el perfume de la flor de algodón que me dejó en mi blog. Leí todas las entradas, y me ha encantado este lugar. Así que planeo volver. Espero no tener que esperar demasiado.
Hasta la próxima, misterioso grito en el viento. Nos estamos leyendo.
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