22/1/10
O.M.E.S. y A.
Tarde húmeda de un lunes de otoño. En la Oficina de Mesa de Entradas, Salidas y Archivo no pasa nada, como de costumbre. Alicia está frente a su máquina, haciendo nada mientras cuenta los minutos para que se hagan las seis, como todos los días presa de su vacío; Martín sigue tan estúpido como siempre, diciendo cosas sin sentido, llamándo la atención como si fuera un chico de diez años, pese a tener más de treinta. German está sin estar. No se hace sentir (salvo ahora que puso música) pero se siente que está, mientras Silvita viaja hacia nigún lugar montada en su nebulosa química, vaya uno a saber qué piensa si es que piensa. De afuera se ve como si tuviera la mente en blanco (aunque siempre desconfío de éste tipo de personas: tengo la sospecha de que están observándolo todo, más que atentos al mundo circundante, como al acecho, escondidos en su supuesta debilidad, esperando el momento preciso...) la mirada perdida, fija en alguna nada atemporal, el cuerpo inmóvil, y pensaría que inerte si nunca la hubiera visto llevar papeles a los pisos superiores, con ese andar acompasado y parsimonioso, secuela supongo de haberse roto el cráneo en un accidente en moto, lejos en el tiempo, allá por sus dieciocho años. Sara se escabulló a una de sus reuniones de gremio, Daniel no vino y Rosana salió a fumar, también como de costumbre, y a tragar su dosis diaria de veneno cuidadamente fermentado en su lugar de origen. Eran las tres y seis minutos cuando se abrió la puerta. Un hombre relativamente joven irrumpió en el recinto en forma violenta, abriendo la puerta con tal fuerza que la hizo chocar con el mueble que está a la derecha de la entrada (desde mi ubicacion es mi izquierda), con un estruendo que rompió la pantanosa calma de la oficina. "¿¡Quién carajo me atiende!?" rugió la voz del hombre, soltando una ira incomprensible e incontrolable. Desde mi escritorio se ve el mostrador en forma directa. El hombre traía un sobre en la mano derecha, y la mano izquierda y la cara manchadas con sangre. Alicia se acercó despacio a ver qué pasaba: ni bién hubo entrado en el campo de visión del hombre, éste saltó el mostrador y sacó del sobre papel madera un cuchillo de unos veinte centímetros de hoja, con el que cercenó la garganta de Alicia sin mediar palabra alguna, salpicando y chorreándolo todo de sangre espesa. El cuerpo de Alicia cayó al suelo de espaldas, los ojos perdidos en algún lugar del cielorraso que era quizás algún lugar de su memoria ya, las piernas moviéndose espasmódicas, involuntarias, por última vez. Hecho ésto, se inclinó sobre el cadáver de su víctima y arracó su ojo derecho, que masticó compulsivamente hasta tragarlo, no sin antes escupir la lente de contacto como quien escupe el carozo de una fruta o la espina de un pescado."¡Gracias!" gritó después como con sorna, y mirándonos a todos los presentes mientras se limpiaba la sangre del cuchillo en los pantalones, se fué silvando un tango de Goyeneche. Todos escuchamos asorados cómo el silvido se iba perdiendo gradualmente en la oscuridad del pasillo; después un grito, disparos, silencio.Y el reloj marcaba las tres y diéz.
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1 comentario:
Me gusta! y mucho... Hacía bastante que no te leía y te escribiste uno de ésos que me gustan a mí...
Nos vemos, un día de estos...
Beso!
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