1/9/08

Domingo, serpientes, Brenda y Gato y abuelos.

Los domingos suelen ser una mierda, sobre todo después de las seis de la tarde.
Amanecer al mediodía de un día hermoso duele. Son esos soles de brisa dulce, de barrio de casas bajas, de mediodías en familia.
Salgo del letargo de mi cama, adormilado, con tres serpientes enroscadas en el cuello. Me visto, abro la puerta del lavadero, le doy de comer a mi gato y me siento: las serpientes aprietan bastante y me duele la cabeza. Salgo a caminar con Brenda por ése barrio de mediodía, un rato a la plaza, y me siento a escuchar la calma de éste día sentado en el banco, en mi banco, mientras Brenda da vueltas por ahí. Es extraño, pero nunca entra al arenero. Ése sol todo lo baña: es hermoso. Y sin embargo duele. Veo pasar un cincuenta, muy rápido para éste día a ésta hora, y recuerdo que siempre pasan muy rápido, cualquier día a cualquier hora. Miro para atrás y Brenda sigue por allí, como revolotenado.
Al respirar hondo, una serpiente pierde fuerza y cae al suelo justo cuando pasa un ciento uno (tanto o más rápido que el cincuenta): la pateo rápido y con fuerza debajo del colectivo, sintiendo su peso muerto en la punta del pié, la aspereza de su piel de ayer hecha de retazos de sueños y restos de mi almohada. Cae justo debajo de la rueda de atrás. Bingo.
Pienso que en breve estaré arriba del cuatro viajando a lo de mis abuelos y las otras dos serpientes (acabo de darme cuenta de que no encuentro sinónimos de serpiente que no sean víbora o "bicha" -término de mierda si los hay-. A veces pasa) presionan con más fuerza mi cuello, y una lo hace también en mi hombro izquierdo. Brenda juega con un perro y yo pateo el suelo, muerdo el cielo, y pienso en que voy a volver a mi casa cerca de las seis o más tarde, cuando todo ese sol y ese cielo hermosos estén muriendo ya, después de haber compartido un almuerzo extraño con mis abuelos, que ya no son los mismos que conocí.
El ritual se volvió un mero formalismo, y siempre termino esperando eso que ya no hay más, que ya se acabó hace rato.
Verlos dejar los colores de los que recuerdo estar hecho me hace tomar conciencia de la cercanía de la muerte, de su muerte. Temerosos por no sufrir, no se dan cuenta de que están viviendo el sufrimiento, de que ésa es la manera más efectiva de sentir dolor. Pienso ésto y me pregunto qué haré yo al estar en ése momento. Acto seguido me pregunto si llegaré, y me doy vuelta y perdí de vista a Brenda, a quien igualmente seguía con la vigilia de mis oídos. La llamo con el llamado al que sólo ella responde, y ya la tengo corriendo hacia mí con ganas de jugar. Sé que cuando lleguemos a mi casa volveré a salir, y ella me pedirá con la mirada que me quede, que no la deje sola.
Cuando llego a mi casa (Brenda siempre alerta a mis movimientos: sabe que en cualquier momento viene su súplica, su monólogo) voy a la cocina, busco la pipa, la lleno, y mientras me fumo un cuenco entero, bien prensado, con un tramontina acuchillo a una de las dos serpientes, que intentaba llegar a mi cabeza. La oigo sibilar y me apresto a quitarla rápido de mi cuerpo, antes de que su sangre fría salpique mi cara. Aunque mis manos estan empapadas del líquido fétido y frío, y los pedazos se retuercen en el suelo. La puta madre, se mojó la pipa. El gato mira con ojos peposos los restos de boa, o yarará, o lo que mierda sea que sigue retorciéndose y sibilando en el piso, mientras la muerde y rasguña. La serpiente que queda deja de apretarme y acerca su cabeza a mi oído, diciendo con voz casi susurrada "Nunca te vas a librar de mí." Pero me chupa un huevo lo que me dice, todos los domingos me dice lo mismo la pelotuda.
Limpio la pipa, me tomo un ibuprofeno quichicientos, y me pongo gotas en los ojos, por la ficha, pa´que no salte, vió.
Brenda me miraba desde el sillón, intuyendo tal vez que me estoy por ir. Y quiero fumar un pucho. Mientras, resuena en mi cabeza Mano a mano: "Rechiflao en mi tristeza, te evoco y veo que has sido. En mi pobre vida paria, solo una buena mujer..." Igualmente, me resuena de gusto nomás, porque no tengo ni vida paria ni una historia con ninguna mina como la que describe ése tango.
Brenda me mira con cara ya, no te vayas quedate parece decir. La acaricio y al gato, y antes de salir me calzo a la cintura la espada que cuelga de la pared arriba de la puerta.
En mi ventana, un grito pegado al vidrio mira hacia afuera. Salgo de nuevo al sol que quema la piel, más por la certeza de que me voy de mi casa y dejo solos a mis animales, y en el fondo siento que tengo ganas de quedarme en casa, disfrutando de la luz que entra por mis ventanas y de Brenda y Gato, y mis guitarras. A mitad de cuadra me doy cuenta que olvidé el escudo. Vuelo y lo agarro con desdén, entrando por la ventana que con mucha bronca me doy cuenta dejé abierta. Salgo de nuevo y le hago señas a un taxi que pasaba por ahí, que siguió de largo. Hijo de puta, forro de mierda pensé. Pero claro, ¿qué tachero le va a parar a alguien con una espada de casi un metro sesenta de hoja y un escudo de acero pulido con una insignia de sol y luna? Ni hablar de la serpiente, que dormía ahora y habia dejado de apretar. Hijos de puta pienso de nuevo, mientras me iba camino a la parada del bondi. Espero. Espero. Sigo esperando. Veo un cuatro en la hondananza. Le hago señas... Para en el semáforo, y la puerta que no se abre. Yo parado en la puerta como un perrito. Como un perrito con espada y escudo de guerra. Y una serpiente. Le golpeo el vidrio y me mira y me dice que no con la cabeza. Entonces sí, ya no aguanto. Me alejo dos o tres pasos y destrozo el vidrio de la puerta con el escudo, subo, los ojos inyectados en sangre y la serpiente que se despierta y empieza a apretar y no me deja pensar. "¡Noventa!" El chofer me mira, y hace un ademán con la mano izquierda: de golpe desaparecen colectivo, personas, calle, Coto de la esquina, todo. La nada ante mí, todo blanco que quema la retina, que duele en los ojos. Y pienso en Brenda y Gato, en mis abuelos que deben estar esperándome.
Cuando reacciono, el mago estaba detrás de mí, aunque era tarde. Logró golpearme y siento cómo me desvanezco, mis ojos se cierran, la temperatura sube... Pero no me entrego y salto sin que ni yo lo espere, y con la última chispa de fuerza corto la cabeza del mago que cae al suelo, y su cuerpo se hace serpiente que repta en ésa nada sin fin. La sigo hasta una grieta en el gran blanco, y me doy cuenta de que mi serpiente ya no está más en mi cuello, y entonces comprendo dónde estoy, y siguiendo al ex mago, bajando por grietas de colores y gritos y gemidos y sueños, doy con el filo de mi almohada, y el sol inconfundible del domingo al mediodía que entra por mi ventana me hace arder la piel. Qué mierda que son los domingos. Me levanto, me visto, le doy de comer al gato y tres serpientes enroscadas en mi cuello, y Brenda que quiere salir. Mientras, ése sol del domingo me hace doler los ojos como ésa nada, y en la calle un desfile militar desafina consignas que nadie quiere escuchar pero todos repiten por las dudas, no vaya a ser cosa que, y tres viejas festejan y se abrazan al tiempo que yo subí en un remolino y me voy lejos, donde nadie me dañe, donde nada me moleste, a la casa de mis abuelos a abrazarlos y sentir que falta poco, que ya no queda mucho más.

3 comentarios:

Escuelas Técnicas UTE dijo...

Me gusta tu forma de escribir... y me alegra que coincidas en lo de mi blog... pero ya ves, es una cosa, una soga que nos va a tener amarrados por siempre. En realidad eso es lo que se supone que deberíamos creer, la gran naturalizacion de las cosas que nos vuelve inoperantes, inutiles, negados al cambio.

Escuelas Técnicas UTE dijo...

ahhh perodná xD ese no es mi blog... el mío es http://vomitodepajarito.blogspot.com

suavelatigodulcepalpito dijo...

Hay buena secuencia narrativa, me gustó el simbolismo de la serpiente, y la relación con la perris, Un beso. Lau.

pd: muy sensible tu comentario, muchas gracias.